Mateo

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

Mateo 9, 9-13

Jun. 7 de 2026.- Volvemos en las lecturas dominicales al Tiempo Ordinario en su segunda parte. Como el nombre lo dice, todo lo ordinario de la  vida puede ser iluminado y transformado por la Palabra de Dios. Decir todo es invitación a pormenorizar las diversas situaciones por las que pasa el ser humano en su peregrinación terrena, las luminosas, gloriosas, dolorosas y gozosas. Hoy nos detenemos en  la que orienta la vida en su opción fundamental: la vocación, el llamado. La propuesta de discípulo aplicado es Mateo y… también nosotros.

 Jesús pasa, de pronto se detiene momentáneamente, invita a seguirlo. Llama la atención el contraste entre Jesús que pasa y Mateo que está sentado. ¿Será que está ocupado, estático pensando solamente en sus asuntos? Es lo que sucede en todo llamado según el discernimiento vocacional; como que siempre estamos ocupados en nuestros asuntos, de cualquier tipo. El tiempo que se ocupa o se pierde en responder es variable. Con frecuencia, después de los años vividos, recordamos y nos preguntamos ‘si hubiéramos respondido al primer llamado qué hubiera pasado’. El texto evangélico es parco, deja un silencio espacioso para que cada llamado se acomode, discierna y responda. ¡Qué bello y respetable es todo proceso vocacional!

 Jesús llama en serio y espera una respuesta en serio. Mateo

-sentado en la mesa de sus intereses- se levanta y sigue el llamado y a quien lo ha llamado. Se levanta ¿sólo movimiento físico? Me parece que aquí levantarse es mucho más que un movimiento muscular: es resurrección, volver a vivir, decisión de volver a ser, pensar y actuar de una manera distinta, recuperar la vida de un modo más pleno, dejar su antiguo oficio para asumir una misión inimaginable, encontrar el sentido pleno de la vida.

Y lo siguió, afirma contundente el texto evangélico de su autoría. Momento culminante que supone un proceso de decisión, lágrimas de dolor y gozo, una voluntad libre que confía en la fuerza del amor de Dios. A la decisión de cambiar sigue la determinación de entrar en una relación profunda y estrecha con Jesús, como discípulo y amigo. Obviamente, la decisión final en el proceso tendrá sus implicaciones y, al mismo tiempo, el gozo de dar la vida para generar vida en las comunidades, tareas y oficios encomendados.

El tiempo ordinario es el tiempo de nuestra vida de cada día y de todos los días. Nos puede hacer mucho bien pensar, reflexionar, meditar, contemplar nuestra vida a la luz del llamado recibido a ser discípulos de Jesús en todas las ‘vocaciones’. Al comulgar, le diremos: Señor, no soy digno de esta gracia y este llamado. Al regresar a nuestras ocupaciones e intereses, escucharemos agradecidos: No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores. Todos somos Mateo, en cualquier circunstancia y vocación específica.

Con mi aprecio y bendición.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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