
Enviados y testigos
Mons. Sigifredo Noriega Barceló
“Jesús envió a sus doce apóstoles con instrucciones”
Mateo 9,36-10,8
Junio 13 de 2026.- La misión de la Iglesia es la misma en todo tiempo; lo que va cambiando son las urgencias y las necesidades en las personas a quienes se anuncia el Evangelio. El texto de Mateo presenta, antes de describir la misión de los ‘doce discípulos’, un resumen de las condiciones existenciales de aquella gente y la actitud compasiva y sanadora de Jesús. Esto mismo pedirá a sus discípulos de cualquier época: un corazón compasivo y la firme convicción de que el Evangelio alivia el sufrimiento y conduce a la salvación.
En el texto evangélico que la Iglesia proclama y escucha este domingo, Jesús se enfrenta a una situación crítica: mucha gente cansada y abatida, desprotegida e ignorada por diversas causas -diríamos hoy- busca y se acerca a Él. Jesús ora antes de indicar el camino y se compadece como todo un buen samaritano. Su corazón se enternece al ver el corazón humano en sus contingencias, emergencias, aspiraciones, posibilidades. No se queda paralizado ante los desafíos. Decide, habla, llama, elige, da instrucciones, envía. Constata necesidades, se conmociona, hace que el amor se haga abrazo concreto, paciente, compasivo; alivia y sana efectivamente.
Queda claro que Jesús elige y envía a sus discípulos apóstoles a la misión. Los retos de aquel tiempo son los de este tiempo: hacer presente el Evangelio en las diversas y complejas situaciones de la vida. Cómo me gustaría que cada bautizado pusiera su nombre en el lugar de los discípulos apóstoles citados en el Evangelio. El reto sigue siendo ser misioneros de esperanza, ternura, responsabilidad, compasión, paz, respeto, cercanía, participación, amistad social, en las diferentes edades y situaciones de la vida y en todo lo que hay en su entorno. La misión es una gracia que pide corresponsabilidad y cercanía con la gente cansada y abatida de nuestro tiempo. Sobra decir que son muchedumbre, unas, personas visibles, otras, ocultas en refugios existenciales, sociales, culturales.
Qué bueno que oramos por la misión y el aumento de vocaciones misioneras. También es necesario orar para que cada bautizado y toda familia sean misioneros alegres y comprometidos; miren, atiendan, escuchen, se compadezcan de los más vulnerables y de quienes andan extraviados en las calles de la vida.
Pasemos de una fe cómoda y conformista al compromiso generoso hacia y con los hermanos tirados en el camino. Bajemos de nuestros ‘caballos’ y actuemos con prontitud y eficacia. En el Reino de Dios no se admiten espectadores, solamente testigos y misioneros de la compasión. Sigamos con seriedad las instrucciones del Maestro de la compasión. Jesús nos sigue mirando con amor compasivo.
Con mi cercanía y bendición.
Originario de Granados, Sonora.
Obispo de/en Zacatecas
