Compartir el pan con abuelos y personas mayores

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Jesús distribuyó el pan a los que estaban sentados, hasta que se saciaron”

Juan, 6,1-15

El Papa Francisco ha instituido la Jornada Mundial de Abuelos y Personas Mayores a celebrarse el 25 de julio de cada año. La decisión de celebrar esta jornada con el tema-lema “Yo estoy con ustedes todos los días”, llega en un momento marcado por la pandemia y el tremendo sufrimiento de las personas mayores en todo el mundo. Las imágenes de quienes han muerto solos sin poder darles consuelo, decirles un adiós agradecido, ni celebrar funerales dignos, sigue siendo una herida abierta para familiares, vecinos… para toda la Iglesia. La comunidad cristiana desea estar con los mayores todos los días.

De seguro habrá muchas iniciativas para que esta jornada despierte la sensibilidad y la corresponsabilidad hacia y con las personas mayores en la familia y en otras instituciones. No hay gesto más familiar que sentarse a la mesa con los suyos para compartir el pan de la ternura, la cercanía, la gratitud, el amor incondicional. La mesa puede convertirse en el altar de encuentro entre varias generaciones.   Compartir el pan se hace sacramento y profecía de un mundo más humanizado.

Durante cinco domingos iremos escuchando el plan maravilloso de Dios que incluye no sólo la necesidad de compartir el pan sino también a Jesucristo, Pan Vivo, el único capaz de saciar toda hambre y calmar la sed más profunda del ser humano. En el texto de este domingo encontramos los elementos básicos que preparan y disponen lo necesario para que el gesto del compartir llegue a ser fuente de vida en el hoy y el mañana.

La fe en Dios, cuando es auténtica, dignifica y hace posible todos los días el milagro maravilloso de la multiplicación. Partir, compartir y repartir el pan es asunto tan importante que involucra necesariamente a los discípulos en comunidad. Todos tenemos campo en la mesa, también los abuelos y personas mayores.

“Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados». Cuando la fe en Dios se hace amor concreto hay soluciones para todo. Jesús se encarga del resto; sabe lo que hay que hacer y lo sigue haciendo. El amor divino no tiene límites, alcanza para todos. Nosotros pensamos en sumar y restar; Dios, en cambio, ‘piensa’ en multiplicar. El milagro de los panes y los peces se produce cada día en la mesa/hogar familiar, en la Eucaristía, siempre que compartimos con la gente más necesitada.

Jesús parte de lo poco o mucho que tenemos para hacerse presente en las mesas de la vida. Con razón nuestros padres/catequistas nos han enseñado a participar asiduamente en la mesa de la Eucaristía y a pedir el pan nuestro de cada día. Cuando todo esto sucede, el cielo nuevo y la tierra nueva son la realidad visible del Reino de Dios en medio de nosotros. Entonces, compartir el pan se convierte en gesto divino.

Los bendigo desde el altar del templo donde presido la celebración eucarística de este domingo.

Con mi afecto y bendición.

 

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de /en Zacatecas

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