Cunden los intentos de suicidio: la cuarentena ahoga a niños y adolescentes

ESPECIAL, abr. 10.- “Día tras día crece el número de menores de edad que requieren atención psicológica o psiquiátrica. En mis 25 años de carrera como psiquiatra infantil es la primera vez que enfrento una situación tan apremiante en un lapso tan breve, aun si en mi campo la demanda es siempre muy fuerte”, confía el doctor Franck Zigante, director del Centro Médico Psicopedagógico Gustave Eiffel.

“Hasta la fecha el coronavirus infecta poco a niños y adolescentes y cuando lo hace es, por lo general, de forma benigna; pero sus efectos secundarios impactan profundamente la salud mental de los jóvenes. Lo que presenciamos es inédito e inquietante. Lo más impresionante, sin duda, son las tentativas de suicidio de niños y niñas de ocho años”, precisa el médico en entrevista telefónica con la corresponsal.

–¿Ocho años?

–Así es. Se trata de un fenómeno nuevo que afecta tanto a niñas como a niños. Y lo peor es que no se trata solamente de gestos suicidas, sino de tentativas muy serias. Detectamos una verdadera intención de morir. Algunos colegas mencionan inclusive casos de reincidencia.

–¿Qué hacen estos niños para acabar con su vida?

–Ingieren los medicamentos de sus padres o buscan defenestrarse… Es lo más común. Antes del covid-19 las tentativas de suicidio o los suicidios consumados concernían a adolescentes a partir de 12 o 13 años y, en general, más a las chicas que a los chicos. Hoy los preadolescentes andan parejos –niños y niñas–, al tiempo que crecen las tentativas de suicidio de los adolescentes de ambos sexos.

Más trastornos mentales

El grito de alarma de Zigante dista de ser aislado. Todos los psiquiatras infantiles y los pediatras de Francia alertan sobre el malestar profundo y las patologías que afectan a menores de edad como consecuencia de un año de pandemia. Lo hacen también quienes encabezan hospitales pediátricos públicos, médicos y trabajadores sociales, expertos y académicos.

La situación es tan grave que, a pesar de la tercera ola de covid-19 que azota Francia, el presidente Emmanuel Macron y Jean Michel Blanquer, ministro de Educación, se resisten a volver a cerrar los centros docentes de primaria y secundaria y acaban de autorizar a los jóvenes la práctica de ciertos deportes al aire libre.

La situación es tan grave que después de empeñarse en mantener abiertos los centros docentes a pesar de la tercera ola de covid-19, Emmanuel Macron acabó capitulando el miércoles 31 y decretó el cierre de las primarias tres semanas y de los colegios y liceos un mes.

Según datos de AP-HP –Asistencia Pública-Hospitales de París, que agrupa a 39 nosocomios de la capital y sus alrededores– las hospitalizaciones en pediatría por trastornos mentales aumentaron 50% entre octubre de 2019 y octubre de 2020: de 2 mil 400 a 3 mil 600 casos.

El equipo del profesor Richard Delorme,­ director del servicio de psiquiatría para niños y adolescentes del hospital parisino Robert Debré, contabiliza dos veces más tentativas de suicidios de menores de 12 y 13 años en 2020 que en 2019. Peor en los últimos cinco meses.

Delorme señala que las “ideas suicidas” crecieron en 100% y que cada día llega al hospital Robert Debré un suicida de menos de 15 años.

Informes médicos de Japón, China, Taiwán, Canadá y Estados Unidos dan cuenta de situaciones similares. La tasa mensual de suicidios de niños y adolescentes japoneses subió 49% durante la segunda ola de la epidemia de covid-19 que se desató en el otoño de 2020. En Estados Unidos la proporción de niños de cinco a 11 años que acabaron en los servicios de urgencia psiquiátrica de los hospitales aumentó 24% a lo largo de 2020, y 31% en el caso de los jóvenes de 12 a 17 años, según el informe publicado el pasado 13 de noviembre por el estadunidense Centro para el Control de Enfermedades.

El 3 de marzo, Henrietta H. Fore, directora ejecutiva del Unicef, recordó que, desde el comienzo de la pandemia, unos 332 millones de menores de edad han vivido bajo políticas nacionales de muy largo confinamiento, obligatorio o recomendado, y recalcó que semejante situación hizo y sigue haciendo peligrar su bienestar y su salud mental.

Los más afectados son los 139 millones de menores, muchos de ellos oriundos de América Latina, que tuvieron que aguantar confinamientos obligatorios durante al menos nueve meses. Destaca México, el país donde las escuelas han estado cerradas más tiempo; siguen Paraguay y Perú…

Fore es categórica: “Cuando día tras día uno está lejos de los amigos y de los seres queridos más distantes, y tal vez incluso está atrapado en casa con un maltratador, el impacto es significativo. Muchos niños se sienten asustados, solos, ansiosos y preocupados por su futuro”.

Una encuesta realizada por Unicef entre 8 mil jóvenes de América Latina y el Caribe revela que 25% de ellos sufrieron o sufren ansiedad y 15% padecieron o padecen depresión.

“Gran parte de los menores de edad que atendemos en el Centro Médico Psicopedagógico Gustave Eiffel son niños que estaban bien antes de la crisis del covid-19, pero cuya vida fue trastornada por el primer confinamiento muy duro que se dio en Francia, del 17 de marzo al 11 de mayo del año pasado. Durante casi dos meses se cerraron los centros docentes, deportivos y de recreo, al tiempo que se prohibió salir a la calle más de una hora diaria. Luego vino un segundo confinamiento, menos estricto pero cuyas consecuencias se agregaron a los estragos causados por el primero”, enfatiza Zigante.

Prosigue: “El primer confinamiento hundió a los adultos y a sus hijos en un auténtico estado de sideración y una gran ansiedad. Y ahora lo que estoy descubriendo con mis jóvenes pacientes es que no sólo están afectados por miedos propios de su edad, sino que los azota la angustia de sus padres, que absorben sin filtro alguno.”

Y agrega: “Ese va y viene entre el uno y el otro, es un factor esencial y se debe a la proximidad intensa y excepcional entre padres e hijos que se dio durante los periodos de confinamiento e inclusive entre estos periodos. En realidad desde hace un año las familias viven retraídas sobre sí mismas. Y eso genera un fenómeno de mimetismo de síntomas. Los adolescentes se han vuelto ‘adultomórficos’. Cada vez más sus síndromes depresivos se parecen a los de sus padres.

–Me imagino que eso explica la tendencia suicida que se manifiesta entre los más chicos.

–Por supuesto. Muchos padres que se encuentran en situaciones sumamente difíciles, con problemas de desempleo entre otros, se muestran incapaces de contener su angustia y sin quererlo hacen que sus hijos sean partícipes de su pánico. Los chicos reproducen su falta de control, su tentación de acabar con todo.

–Atender a un suicida de ocho años debe ser un desafío nuevo para un psiquiatra infantil.

–Antes de la epidemia de covid-19 traté casos de niños suicidas, pero éstos se daban por una enfermedad mental o eran reveladores de una patología. Ahora ese fenómeno de mimetismo que afecta a jóvenes que no sufrían trastornos mentales vuelve la situación muy compleja. Es difícil trabajar con ellos sobre la causa de sus males, llevarlos a hablar de lo que vivían antes del covid y de lo que pasa en su familia, es difícil inducirlos a reflexionar sobre la situación por la que atraviesan para permitirles deshacer nudos.

“Consideran que lo que viven –irrupción del virus, confinamiento, malestar de los padres– es una fatalidad inexorable. Están convencidos de que lo que padecen está irremediablemente ligado al contexto de la pandemia, que no se puede cambiar ese contexto y que por lo tanto ellos no van a poder cambiar… Confirma su convicción el hecho de que sus padres no pueden protegerlos contra el virus.

–¿También ven al psiquiatra infantil como una adulto impotente?

–Al principio sí. Casi todos los niños que atiendo empiezan diciéndome que yo no puedo cambiar el contexto. Y debo confesar que manifiestan una perspicacia aguda porque tocan un punto muy sensible para nosotros, los terapeutas.

–¿A qué se refiere?

–En tiempo “normal” escuchamos a nuestros pacientes con empatía, pero con distancia. Podemos hacerlo porque no vivimos lo que viven. En cambio, desde hace un año estamos hundidos en la misma situación de vulnerabilidad e incertidumbre que ellos. Eso lo complica todo. Estamos sumergidos en el mismo “baño social”. Nos cuesta más trabajo mantener esa distancia, lo que nos resta un poco de poder terapéutico.

–¿Cómo enfrenta usted la situación? ¿Cómo ayuda a sus pacientes?

–Abriendo espacios para el pensamiento, haciéndoles redescubrir el placer y la fuerza de pensar; trabajando con la imaginación y con procesos mentales de evasión; haciéndoles entender que no estamos presos de la realidad, aun si hay que tomarla en cuenta; invitándolos a recordar lo que hicieron antes y elaborar proyectos para después…

–¿Los atiende solos o con sus padres?

–En caso de niños entre tres y 12 años es indispensable verlos con sus padres. En la medida de lo posible los atendemos con los dos padres. Cuando estos viven separados, alternamos. Un niño nos puede tener confianza sólo si siente que sus padres confían en nosotros. Además debemos asociar a los progenitores a la terapia para estar seguros de avanzar todos en la misma dirección y mantener una armonía entre lo que el chico piensa en terapia y lo que piensa en casa. Sería catastrófico exponerlo a un conflicto de lealdad entre sus padres y su psiquiatra.

–¿Cómo se comportan los padres?

–Aprenden a hablar de su ansiedad.

–¿Ante sus hijos?

–Obviamente. Nuestro papel es ayudarles a expresar verbalmente su malestar, a salir del silencio o la denegación, a entender que lo que les ocurre con esa pandemia es lógico, que no es permanente y sobre todo que es irrisorio pretender que no pasa nada, cuando los niños están perfectamente conscientes de que las cosas andan mal.

“Introducir o reintroducir palabras entre niños y adultos es vital. El malestar tiene que salir, si no lo hace con palabras, lo hace con comportamientos peligrosos.”

Las fobias

Además de las tendencias suicidas y de los episodios depresivos que Zigante describe, la lista de trastornos infantiles ligados tanto a su malestar como al de sus padres es larga: fobias de todo tipo, entre las que destacan la agorafobia y la emetofobia (miedo a vomitar), crisis real o fóbica de sofocamiento, anorexia mental, crisis clásticas (agresividad que lleva al niño a romper objetos), enuresis secundaria (niños de cinco o seis años que vuelven a orinar la cama), déficit de atención, hiperactividad…

“En muchos casos estos síntomas de ansiedad fluctúan, emergen por periodos y luego desaparecen o disminuyen antes de surgir de nuevo. Los chicos ‘revientan’ y luego vuelven a arrancar, son bastante flexibles. Sobre todo los más jóvenes”, recalca Zigante y agrega:

“Quisiera insistir en otro problema que a mi juicio no se tomó suficientemente en cuenta: es el sentido de culpa que se inocu­ló a niños y adolescentes al decirles que ellos podían contaminar a los adultos –sobre todo a sus abuelos– y amenazar su vida. Saberse portadores de muerte para sus seres queridos tiene repercusiones individuales muy serias para los jóvenes. Lo percibo en mis consultas.”

El psiquiatra también señala otra fuente de inquietud: “Causan estragos los divorcios, que se multiplicaron a raíz de los periodos de confinamiento. Me consta en mi práctica diaria y sé que el fenómeno es internacional. Con la explosión de la célula familiar y del hogar que debían protegerlos del caos exterior, los muchachos sienten que se derrumban absolutamente todas sus referencias”.

Zigante hace hincapié además en la emergencia de un nuevo factor de deses­tabilización de sus pacientes ligado a los cuestionamientos existenciales que se plantean numerosos padres a raíz de la pandemia: “Paralelamente a mi trabajo con menores de edad, atiendo a adultos en mi consultorio privado”, explica. “Tengo nuevos pacientes, personas que por primera vez sienten la necesidad de consultar a un psiquiatra, cosa que nunca hubieran creído posible hace un año.

“Muchos se dan cuenta de que su vida profesional ya no les gusta. Aspiran a un cambio total. Se quieren ir de París. Sueñan con realizar actividades que nada tienen que ver con lo que hacen. Es difícil saber si su crisis es pasajera o si desembocará en cambios drásticos; en todo caso, estos cuestionamientos sacuden a sus hijos, que de pronto ven cómo se tambalean las referencias de sus referentes, cómo se agrietan la filosofía de vida y el ideal que cimentaban la familia.”

Cuando se le pregunta quiénes a su juicio son los más afectados por el terremoto psíquico generado por un año de covid-19, Zigante menciona en primera instancia a todos los jóvenes y adultos que padecían enfermedades mentales antes de la pandemia.

“Las siete semanas muy duras del primer confinamiento fueron terribles para todos estos pacientes que no pudieron ser atendidos y que luego, cuando tuvieron la posibilidad de consultar de nuevo a los psiquiatras, no lo hicieron por miedo a salir de su casa y a contagiarse”, enfatiza, y precisa:

“Esa ausencia o disminución drástica de atención médica ya empieza a tener consecuencias graves. Hicimos hasta lo imposible para no perder el contacto con los jóvenes que atendíamos antes de la epidemia. Y algunos no volvieron al centro.”

–¿Cómo mantuvieron ese contacto?

–Por teléfono. No es ideal pero algo es algo. Desde mayo del año pasado los jóvenes empiezan a volver al centro pero con síntomas más graves, en particular en el caso de los niños autistas. Estar encerrados en casa reforzó su patología y ahora nos toca hacer un trabajo intenso con ellos para sacarlos del “seudoconfort” que experimentaron siendo confinados… Es un ejemplo entre muchos del retroceso terapéutico que produce ese año de pandemia.

–Y entre pacientes jóvenes que no tenían problemas antes del covid y ahora necesitan ayuda, ¿cuáles son los que corren mayores riesgos?

–A mi juicio hay dos categorías de la población que siento particularmente impactadas por lo que vivimos con la crisis del covid-19. Son los preadolescentes y los adolescentes, por un lado, y los ancianos, por otro. En ambos casos, 2020 y probablemente 2021 son años que nunca recuperarán.

–¿No es así para todo el mundo?

–Sí, pero no tenemos todos la misma conciencia del tiempo. Cada año tiene un valor capital para los mayores de edad, simplemente porque tienen el tiempo encima… Perder un verano para una persona de 85 años es algo sumamente grave, porque quizá sea el último que le tocará vivir. Por lo tanto, ese verano se vuelve insustituible, y su precio, invaluable.

“Pasa lo mismo con los adolescentes: el año de los 15 años es muy distinto del de los 16, que a su vez nada tiene que ver con el de los 17 o de los 18. Perder uno de estos años es perderlo para siempre. Son también años insustituibles, porque son absolutamente capitales para los chicos y las chicas. Son años de construcción, de transición, de conquista de la autonomía. Son años de amistades intensas, de primeros amores, de conflictos, descubrimientos. Años difíciles y apasionantes.

“Y cada año difiere del otro en la construcción de la persona, del futuro adulto. Vivir parte de estos años encerrados, conectados con los amigos vía las redes sociales, ‘matando’ el tiempo con videojuegos, encimados con padres preocupados o angustiados, va a tener consecuencias. La mayoría de los adolescentes no acabarán con patologías, afortunadamente, pero algo importante les faltará.”

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