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¡A mí no me da!

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Jorge I Guevara

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 …Maldita madrugada,

y yo que me creía Steve McQueen

JOAQUIN SABINA

El hisopo entró ante mi erguida posición que obedecía la indicación del galeno…”no te muevas para evitar el dolor, de hacerlo tendremos que intentarlo de nuevo”,  advirtiendo la repetición del sufrimiento.

Acudí temprano a la cita al “Anticipa” nombre predeterminado que  lleva el programa preventivo y de detección del virus  llamado Corona. Un cuestionamiento a detalle por un joven médico ataviado de trajes que me recordaban los viajes intergalácticos que te oxigenan en la estratosfera, una revisión del estetoscopio sobre mi espalda alta y mi espalda baja.

En diez días el resultado, que dada la sintomática reacción no habría duda alguna  de su confirmación. Es la medicina social, consoló mi pensamiento el largo término del compromiso.

Este año de recién termino marco una gran actividad, y aunque dimos seguimiento a las recomendaciones no fueron tan estrictas las medidas, contacto con mucha gente, dinámicas de trabajo intenso. Y para cerrarlo justo el día de los inocentes, se presentan los síntomas, anunciados;  tos seca, fiebre, cuerpo cortado. Aunque solo fueron tres días, justos los del cierre del año, fueron suficientes para que mi experiencia COVID, no estuviese ausente en el crucial año veinte veinte….

Mi amigo Mario Obregón que ha estado atento a la evolución de mi contagio, exigió y anuncio la espera del texto que describiría la rutina, dando por asentado  el presente texto que tecleo con riguroso desorden, un poco motivado por tal aseveración decidí describir la experiencia.

Vuelvo al hisopo; sentí como entraba con firmeza irritando mis fosas nasales, el palillo de aproximadamente doce centímetros, no encontró resistencia, la irritabilidad de la interna fosa me dio una sensación de haber inhalado polvo de chile seco (que es una de esas experiencias como el comer dulce de coco que sabe a hormigas, cuando nunca hemos inhalado chile, ni comido hormigas, pero sin duda conocemos sus reacciones en esos registros inauditos de la mente), me porte valiente, lo note en la sonrisa aprobatoria del joven médico que ante la ausencia del químico, procedió el mismo a la operación delicada; después del trance, hablamos, en un claro recurso de relajamiento, de su trayectoria como estudiante de la Escuela Superior de Medicina del Instituto Politecnico Nacional y su llegada a estas tierras, enseguida le sume las mía propia como estudiante cuatro décadas atrás en la UNAM, la coincidencia metropolitana siempre da buenos resultados en los encuentros impensados, vivía en Norte de la hoy CDMX, razón afín a su estancia en el Poli.

En casa, mi asilamiento coincidió con la estancia de mis tres hijos, con todas las precauciones y atenciones de mis descendientes, preocupado por la probable transmisión a sus cuerpos jóvenes también; han pasado casi los quince días, ya no hay síntomas, la respiración según el oxímetro mantiene niveles aceptables, la fiebre no ha vuelto…todo bien, sin pérdida de los sentidos, y con un sentido positivo muy optimista sobre el contagio y sus anunciadas consecuencias, y en referencia a las estadísticas de muertes cercanas y vigentes.

Les sugiero a los exiguos lectores de esta columna, que le establezcan mucha mesura al asunto ya que la intensidad y presencia de la pandémica actualidad, está en los recovecos de lo cotidiano, llegue a creer que a mí no me daba por ser un hombre fausto y “agraciado” por la divina providencia, pero el desafío me dio una gran lección que espero sirva de referencia en él porvenir y que mi exacerbado ego le baje dos rayitas a la elocuente jactancia de que a mí no me da.

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