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A 75 años de Hiroshima: el segundo en que todo se volvió oscuridad y los cuerpos se desintegraron en una sorda explosión

ESPECIAL, Ago. 06.- Una mañana clara y apacible. Eran las 8.15. El doctor Michihiko Hachiya hacía poco que había llegado a su casa. Pasó la noche de guardia en el hospital. Se sacó la ropa de trabajo, tomó algo y se acostó en el piso del living, vestido sólo con una camiseta blanca y los calzoncillos. Disfrutaba del aire cálido que atravesaba la sala. De pronto un resplandor. Y otro. Después todo lo que era luz se convirtió en oscuridad.

Como en una visión, percibió que una columna de madera de su casa se iba inclinando. No entendía qué pasaba, no entendía por qué todo parecía suceder en cámara lenta y sin sonido. Se levantó y el instinto lo empujó a la fuga. Una marea de escombros y objetos volando lo golpeó, hasta detener su carrera y derribarlo. Había logrado llegar al jardín. Un estruendo feroz. Como si alguien hubiera levantado el volumen y lo hubiera llevado al máximo de su potencia en un segundo. Pero en realidad, él desconocía cuando tiempo había pasado desde que el infierno había caído sobre su cabeza.

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Aturdido miró su cuerpo. Todo su costado derecho estaba erosionado por golpes, arañazos y pequeños cortes. En el muslo tenía incrustados algunas astillas. Una molestia en el cuello: un vidrio triangular estaba clavado allí. Lo arrancó de un tirón sin pensar en las consecuencias. Algo tibio caía por su cara. Supo que era sangre. Tocó su mejilla pero su mano se hundió: un corte profundo y ancho la dividía en dos partes. Parte de su labio inferior se había desprendido y golpeaba contra su mentón. No era el único colgajo de su cuerpo.

Giró y miró lo que quedaba de su casa. Los restos de una vida anterior. En ese momento recuperó la lucidez y empezó a llamar a los gritos a su esposa. Se desesperó. Cuando las ilusiones lo habían abandonado, ella, como una aparición, se asomó entre los escombros. La ropa, raída, se había teñido de sangre oscura y espesa. La mujer sostenía con la mano derecha su brazo izquierdo que colgaba inanimado. Al ver el vestido de su esposa, el doctor Hachiya se dio cuenta que él estaba desnudo. No entendía qué había pasado con la camiseta y el calzoncillo que tenía puestos un minuto antes. El matrimonio empezó a correr por la calle en dirección al hospital. Se cruzaron con otra gente que se dirigía al mismo destino. En realidad, los que habían quedado vivos y aún tenían fuerzas para poder salir, iban hacia el hospital. Nadie hablaba entre sí. No había nada que decir. Y nadie lloraba.

No había gritos. Todo era silencio.

La oscuridad que envolvía la ciudad sólo encontraba excepciones en los focos de incendio iniciados en muchas de las casas derrumbadas. Ellos, en su camino, vieron desmoronarse varias viviendas.

Michihiko Hachiya se dio cuenta que estaba desnudo en medio de la calle entre mucha gente (o los despojos de ella). Contrariamente a lo que le sucedía en sus sueños recurrentes, no sintió vergüenza. Sólo se enojó con él mismo por su novedosa falta de pudor. En poco tiempo vio a varios hombre y mujeres desplazándose desnudos. Comprendió que uno de los efectos de esa bomba desconocida era arrancar la ropa del cuerpo de las personas. Uno de los efectos más benévolos de ella.

Muchas de las personas caminaban con sus brazos extendidos a la altura de sus hombros. Ateridos por el dolor muchos se detenían. Parecían espantapájaros plantados en ese paisaje apocalíptico. Hachiya tardó algunas cuadras en darse cuenta que esa gente no estaba realizando una plegaria que él desconocía. No podían bajar los brazos por las quemaduras atroces en su piel; si lo hacían, el contacto con su propio cuerpo se tornaba insoportable. El dolor atómico.

El hospital estaba colmado. Los heridos llegaban, cómo podían, de a millares. Habilitaron un edificio oficial que se encontraba al lado para ingresar pacientes. Pero mientras asistían a los más graves, un incendio (durante días los edificios se prendieron fuego sin aviso previo, como si ese infierno no fuera a terminar nunca) consumió el hospital. Los pacientes fueron llevados (o llegaron ellos arrastrándose) hasta un jardín amplio. Los que en estaban en peor estado eran puestos bajo lo único que quedaba en pie: unos cerezos. En pocos minutos los heridos eran tantos que en ese jardín enorme sólo los moribundos tenían el privilegio de permanecer acostados. Los otros debían estar de pie.

Pero el Doctor Hachiya, su esposa y el resto de los heridos, aun los más graves, constituyen una excepción. Esa mañana, más de cien mil habitantes de Hiroshima murieron en un instante. Una semana después hubo cincuenta mil muertos más. Muchos otros miles fallecieron con el correr de las semanas, los meses y los años por efecto de la radiación. Los mutilados, los que quedaron con los huesos corroídos, los afectados por la leucemia (“la enfermedad de la bomba atómica”), los que enloquecieron por el dolor, los que se suicidaron.

El Premio Nobel Kenzaburo Oe escribió en su libro Cuaderno de Hiroshima: “Se conoce el poder destructor de la bomba atómica, las muertes que produjo. Lo que no se conoció suficiente fue la clase de infierno por el que tuvo que pasar la gente de Hiroshima que no murió en ese momento, ni sus sufrimientos derivados de las enfermedades producidas por la radiación”.

Harry Truman, el presidente de Estados Unidos, esa misma noche anunció en un mensaje radiofónico que habían lanzado la bomba sobre Hiroshima. Con impiedad afirmó: “Hace poco tiempo un avión americano ha lanzado una bomba sobre Hiroshima, inutilizándola para el enemigo. Los japoneses comenzaron la guerra por el aire en Pearl Harbor: han sido correspondidos sobradamente. Pero este no es el final, con esta bomba hemos añadido una dimensión nueva y revolucionaria a la destrucción. (…) Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de fuego que sembrará más ruinas que todas las hasta ahora vistas en la tierra”.

Los políticos suelen exagerar y mentir. Pero la noche del 6 de agosto de 1945, cuando le habló a su país, Harry Truman no lo hizo. Una rareza. Tres días después, otra bomba atómica fue lanzada sobre una ciudad japonesa. Nagasaki pasaría por el mismo proceso súbito de destrucción.

Los habitantes de Hiroshima estaban ocupados en sus tareas cotidianas. El día se desarrollaba con normalidad. Con la normalidad que puede existir en días de guerra. Habían pasado pocos minutos de las 8 de la mañana pero la ciudad había despertado hacía rato. Alumnas de un colegio secundario ayudaban a retirar los escombros de las viviendas que habían tirado abajo para cavar las zanjas que habían proliferado en las distintas calles; eran cortafuegos, por si algún bombardeo provocaba incendios. Hasta ese momento, la ciudad estaba invicta. No había sufrido ataques aéreos. Apenas algunos sustos.

Por la ciudad circulaban los más disparatados rumores sobre las causas de esa inmunidad. Desde que una vez acabada la guerra, los norteamericanos instalarían allí sus fuerzas hasta que la madre del presidente había visitado Japón en su juventud y había quedado prendada por la belleza de Hiroshima. Las autoridades militares de Hiroshima descreían de estas supersticiones. Pensaban que si la guerra se prolongaba, caerían bajo las generales de la ley: serían atacados con bombas incendiarias, la novedad introducida desde los ataques aéreos a Tokio. El napalm era ideal para destruir las ciudades japonesas, abundantes en papel y madera.

A los 8.15 todo cambió. Ya nada volvería a ser como antes.

Veinte años después, en 1965, el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez viajó a Hiroshima y escribió una nota extraordinaria que hoy se puede leer en Lugar común la muerte (de la misma época es el texto de Kenzaburo Oé). Uno de los testimonios que recogió fue el de Makiko Kada, que en el momento de la explosión caminaba por la calle hacia su trabajo: “El sol se hizo pedazos y cayó. El cielo, que siempre me había parecido tan lejano, quedó sin el sostén que le daba el sol y se vino abajo casi al mismo tiempo. La luz creció tanto que no pudo soportarlo. De modo que la luz también murió aquel día”.

Ninguno de los sobrevivientes recuerda haber escuchado nada en el momento en que cayó la bomba (los que oyeron estaban a decenas de kilómetros de Hiroshima: un estruendo aterrador, imborrable, el más estremecedor de sus vidas). Sí vieron. Algo nunca visto. Las descripciones varían. “Un resplandor tremendo”, “todo brilló con el blanco más blanco que haya visto”, “un enorme fogonazo amarillo brillante”, “un gigantesco flash fotográfico” “creí que el sol se había desprendido del cielo”, contaron algunos sobrevivientes. Luego, en apenas segundos, la noche profunda. A las 8.16 de la mañana. Una oscuridad sucia que no se remediaría con la aparición del sol. Una noche en la que la ciudad quedaría sumida por años.

Pero la destrucción total vino sin ruido, sin gritos, sin el estruendo de las cosas rompiéndose o golpeando entre sí. Sin banda sonora. La onda expansiva fue sorda, ofició de cono de silencio arrasador.

Los que no sucumbieron cuentan que los que habían logrado subsistir a los primeros instantes de la explosión pero murieron en las horas siguientes, lo hicieron en silencio, apretando los dientes o a lo sumo dejaban esa frase mezcla de mantra y grito de guerra dedicada al emperador Hiroito: “Tenno heika, Banzai, Banzai, Banzai”.

Los japoneses evitan llamarse sobrevivientes, porque concentrarse demasiado en el hecho de estar con vida puede ser una ofensa para los sagrados muertos. El término que utilizan es hibakusha, personas afectadas por una explosión. Y estos hibakusha sufrieron durante años las consecuencias de la bomba. Fatiga crónica, problemas de piel, deformaciones varias, leucemia, cáncer en los órganos más variados. La radiación no los abandonó ese 6 de agosto de 1945. Los persiguió por años y los terminó matando.

Más allá de la necedad del brigadier general Thomas Farrell, militar norteamericano de alto rango, que, en una conferencia de prensa en Tokio en septiembre de 1945, afirmó: “Ya nadie padece en Hiroshima y Nagasaki los efectos radiactivos de la bomba. Quienes los recibieron ya están muertos”. Mentía Farrell. Lo demostraron decenas de miles de muertos durante las dos décadas siguientes a sus declaraciones.

Nada quedó con vida a un kilómetro y medio a la redonda del epicentro de la explosión. Ni siquiera vestigios. Todo se evaporó. Todo quedó convertido en polvo radiactivo. Las personas se desintegraron. Ni siquiera quedaron restos que identificar. Sopladas por la onda expansiva, la imagen de alguna quedó grabado en el pavimento agrietado. La bomba atómica iguala las cosas con los seres humanos: lo (mucho) que queda a su alcance reducido a la nada.

Los sobrevivientes se olvidaron de sus pertenencias, de sus casas derruidas. Buscaban infructuosamente a sus familiares o llegar al hospital. A los que encontraban con vida, después de remover trabajosamente los escombros, les tendían la mano para extraerlos de las ruinas. La operación se complicaba. La piel de los brazos se les desprendía como la cáscara de una mandarina. Las quemaduras eran atroces. Presentaban también una mutación alarmante: en pocas horas pasaban del amarillo al rojo para terminar negras, supurantes y hediondas.

Lo que había abatido a la ciudad era algo nuevo, diferente. Algo inefable. Sus efectos no habían sido, siquiera, imaginados por las víctimas en sus peores presunciones.

Casi todos los centros de atención médica de la ciudad quedaron inutilizados. Sólo un diez por ciento de los médicos quedaron en condiciones de atender pacientes: la fila más larga de pacientes de la historia de la humanidad.

Un hibakusha le transmitió al periodista John Hersey (que escribió una crónica ejemplar sobre el bombardeo al año de producirse que ocupó un número entero del New Yorker y fue elegido como el mejor texto periodístico norteamericano del Siglo XX) una imagen patética -una de las tantas- que presenció: “Entre los arbustos había veinte hombres, todos en el mismo estado de pesadilla: sus caras completamente quemadas, las cuencas de sus ojos huecas y el fluido de los ojos derretidos resbalando por sus mejillas (debieron de estar mirando hacia arriba cuando estalló la bomba; tal vez fueran personal antiaéreo). Sus bocas no eran más que heridas hinchadas y cubiertas de pus, que no soportaban abrir la necesario para recibir el pico de una tetera”. Estos veinte hombres estaban a más de tres kilómetros del lugar donde impactó la bomba.

Un cronograma del horror: horas después de los que perecieron en el momento del impacto, comenzaron a fallecer aquellos que habían sufrido heridas gravísimas, días más tarde quedaron en el camino los que habían sido invadidos por las quemaduras. Cuando todos pensaron que lo peor había pasado, alrededor de un mes después de la bomba, muchos de aquellos que habían quedado ilesos de la explosión fueron invadidos por extraños síntomas: pérdida del pelo, vómitos, diarreas, sangrado espontáneo, las heridas que habían cicatrizado se abrían de nuevo, fiebres superiores a los 41 grados. La radiación comenzaba a surtir efecto. Su lenta demolición. Una nueva ola de muertes sobrevino.

Para los japoneses, el culto a los muertos reviste gran importancia. Cremarlos y brindarles una conservación de acuerdo al rito. El cuidado de los muertos implica una responsabilidad moral más importante que el cuidado de los vivos. En Hiroshima se procuraba identificar a los muertos a pesar de las dificultades. Crearon una cuadrilla a cargo de los cadáveres. Su tarea es llevarlos a las fueras de lo que había sido la ciudad. Habían diseñado unas piras con la madera de las casas destruidas. Allí los cremaban. Colocaban las cenizas en sobres para placas radiológicas y los rotulaban con el nombre del muerto. Los apilaban por orden alfabético. Los sobres-urnas los colocaban en una oficina municipal que había quedado en pie. En pocos días, las pilas cubrieron una pared entera de esa oficina.

Cien mil muertos en nueve segundos. El setenta por ciento de las viviendas absolutamente destruidas. Sesenta mil heridos de gravedad. La gran mayoría de ellos murió en los días y meses subsiguientes como consecuencia de la explosión atómica.

Quedaron pocos sobrevivientes.

La destrucción total.

Esta historia ya fue contada muchas veces. Hoy se cumplen 75 años del momento en el que el Enola Gay dejó caer la bomba atómica. Se podría suponer que la humanidad aprendió la lección. Así debería de ser. Un espectáculo demasiado atroz para ser soportado. Sin embargo, el peligro nuclear persiste. Las naciones se siguen armando. Parecería que no se entendió que la historia de Hiroshima (y de Nagasaki) se escribió, entre otras cosas, para que nunca más sea repetida.

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