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Vida en tiempos de virus

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Yo soy la resurrección y la vida”

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Juan 11,1-45

El COVID-19 ha hecho en el mundo lo que ningún otro virulento evento: nos está ayudando a ser ‘un poco’ ‘más’ humildes. Aunque la humildad no se puede medir en litros de gel, nos obliga a poner los pies en la tierra, la cabeza mirando al cielo y los brazos abiertos hacia el prójimo.

Cuando la cruda realidad de la enfermedad y la muerte tocan a los nuestros, sentimos que el mundo se nos viene encima. Los valores que sostienen y dan sentido a la vida son sometidos a la más difícil de las pruebas. Desearíamos que todo se resolviera en un laboratorio… Sin querer queriendo concluimos que la vida humana es digna de vivirse y, por tanto, vale la pena sacrificarlo todo a favor de ella.

Podemos imaginar lo que Marta, María y amigos sintieron cuando Lázaro enfermó y murió. ¿Cómo vivieron el duelo? Los diálogos de Jesús con los discípulos y con las hermanas de Lázaro ayudan a pintar el cuadro emocional, afectivo, económico y espiritual de los presentes. Aparecen también valores que daban sentido a esa relación y a la vida misma: el amor fraternal, la amistad, la fe en Dios.

El relato evangélico describe con sobriedad la resurrección de Lázaro. Lo importante del desenlace es que Jesús se revela como quien tiene poder de resucitar a un muerto. Él es la resurrección y la vida. Marta y María lo creen firmemente. Los otros discípulos tuvieron que recorrer el fatigoso camino de la fe con sus virus, oscuridades y esperas.

El comportamiento de Jesús ante la enfermedad y muerte de su amigo es desconcertante. Vive, a la vez, dos sentimientos: conmoción ante su muerte y confianza total en su Padre. Deja que pasen cuatro días, no se apresura, observa sus fases.

La lección de las mujeres es la humildad que brota de la fe; no piden a Jesús la resurrección de su hermano sino que creen en quien es la resurrección y la vida. Lázaro vuelve a la vida y vuelve a casa. Sólo Dios tiene poder de resucitar muertos. Marta y María lo aceptan incondicionalmente.

En dos semanas celebraremos la Pascua de Cristo. El entorno del presente año es peculiar: lo celebraremos desde la casa/familia/iglesia doméstica. La experiencia puede ser única si, como Marta y María, creemos en el poder de Dios. No tendremos al alcance de los sentidos la bella vivencia multicolor de los ritos pascuales de años anteriores. A nuestro favor pudiéramos tener la experiencia de fe que reconoce que Jesucristo es la resurrección y la vida, también hoy, en tiempos de pandemias.

La tarea nuestra es convertir la cuarentena en Cuaresma, tiempo de conversión y salvación. La fe cristiana nos invita a creer que el camino que lleva a la vida pasa por el sacrificio de la cruz. Todo puede aclararse si aceptamos que algo muera en nosotros a favor de la vida y la resurrección de otros.

Que al renovar las promesas bautismales tengamos presente la fe de Marta/María y las peripecias que hemos sorteado este año para llegar a la Pascua.

Con mi bendición cuaresmal.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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