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#JusticiaParaFátima

ESPECIAL, Feb. 18.- Eran los días de Ingrid Escamilla. Los días en que México lamentaba, con este caso, la dinámica social que nos lleva a contar diez mujeres asesinadas cada 24 horas.

Eran esos días en los que buscábamos respuestas, en los que esperábamos un compromiso de las autoridades.

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Eran los días de las movilizaciones en muchas partes del país. Los días de las pintas en Palacio Nacional.

Los días de los gases contra colectivos feministas frente a La Prensa. Los días de un decálogo improvisado.

Los días del “ahorita no”. Eran los días que han sido desde hace al menos tres sexenios.

Los días que imponen como una narrativa diaria, pero que no aceptamos como parte del cotidiano.

Eran los días en que la universidad más importante del país veía cerrar algunos planteles a la espera de acciones contra la violencia de género, una exigencia del alumnado para protegerse de algunos docentes.

Eran los días como tantos otros… Y, entre todo eso, una pequeña era sustraída de su escuela, alguien que no era de su familia la recogió.

La menor de siete años caminó de la mano de una mujer hasta hoy desconocida, como se reveló en un video difundido por autoridades. Ocurrió el 11 de febrero, hace justo una semana, y mientras México buscaba la manera de asimilar lo ocurrido a Ingrid, una familia en Tláhuac comenzó la búsqueda de Fátima.

Y hoy, siete días después de la última vez que su madre la abrazó, se despedirá de ella.

Fátima es una víctima más de la violencia, de esa violencia que acusa género, de ésa que hoy a muchos, a más de los que quisiéramos, les cuesta reconocer.

Una menor de siete años torturada y asesinada. Su cuerpo y sus sueños, en una bolsa de basura.

Y como la pequeña Fátima, otras mujeres más.

Mientras los restos de la menor eran hallados en un paraje al sur de la Ciudad de México, del otro lado, en la Gustavo A. Madero, María Azucena era asesinada por su pareja. Recibió cinco puñaladas. Acto seguido, el hombre se suicidó con la misma arma.

Mismo día, pero en la alcaldía Álvaro Obregón, Araceli era apuñalada por su pareja acusada de una infidelidad. La víctima tenía 33 años, el agresor, 57. Vecinos afirman que las discusiones entre ellos era una constante.

Horas antes, en San Martín Texmelucan, Puebla, una mujer fue estrangulada con un cable. El agresor, su esposo, quien después huyó con sus hijos.

Días antes, Rosa María también fue asesinada en Puebla; tenía 64 años, su novio no se contuvo ante un ataque de celos. La molió a golpes.

Hablar del feminicidio es parte de nuestra coyuntura. Nos rehusamos a darle un espacio en el cotidiano.

Fátima, Ingrid, Josseline, Araceli, María Azucena, Rosa María, Abril… tantos nombres.

Esta realidad nos tiene que obligar a todos a hablar de estos crímenes y de sus posibles causas, con el rigor que nace del respeto a la vida. Sobran las explicaciones temerarias con las que intenta explicarse. Ni el neoliberalismo ni el gobierno actual. Aunque este último sí tiene hoy la responsabilidad en sus manos y es su obligación, cuando menos, mostrar empatía y mucha más contundencia en sus acciones.

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