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Ingrid, Fátima, Karol; síntesis de nuestra barbarie

ESPECIAL, Feb. 23.- La inseguridad violenta que azota al país entero lo ha cimbrado durante este febrero. La nación se ha estremecido por crímenes que reflejan el bestialismo que nos carcome y hunde en la angustia del porvenir. Desde el comienzo de la civilización se han narrado episodios que enlutecen y que, a pesar del progreso, acontecen periódicamente. El Progreso, uno que no ha dejado de asombrarnos con descubrimientos e inventos, promesas para perfeccionar la vida humana, remedios para asegurar mejor calidad de vida, a pesar de enfermedades, mejores estímulos y métodos para una larga y exitosa vida feliz. Paradójicamente, en paralelo, nos asustamos –cada día– por la miseria destructiva que prevalece entre los “seres humanos”.  La ruta de violencia asesina que se hace cada vez más monstruosa, con crímenes más sofisticados y desgarradores.

Las semanas de febrero 2020 nos han sumergido, a los mexicanos, en la contemplación del dolor ligado al horror, un dolor que doblega a las familias de las víctimas dramáticamente escogidas para ser sacrificadas de las más espantosas maneras. Tres mujeres, una en la plena juventud asesinada por su pareja. Desollada y su cuerpo fragmentado para desaparecerlo. Una niña de siete años raptada en las puertas de su escuela y luego encontrado su cuerpo con señales de tortura; y una bebé que murió en las manos de su madre. Su pequeño cuerpo fue encontrado en un bosque de Saltillo en donde su madre lo abandonó para tratar de inculpar a otras personas, asegurando que la habrían raptado. Por encima de cualquier escrúpulo dejo morir a la bebé y fue a buscar culpables mintiendo a las autoridades.

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En los tres fatídicos casos, desde luego, la rapacidad infame de los verdugos revela la existencia de “basura humana” que destroza a indefensos con saña indescriptible, sin embargo, en los tres sucesos hubo ausencia de Estado. No hubo, ni funcionaron, las medidas ni los protocolos de seguridad pública o de amparo a las víctimas de violencia familiar para encontrar refugio seguro ante amenazas previas y reiteradas de crueldad infinita.

La globalización confirma cada día los horrores que siguen causando las guerras ignoradas en no pocos planos del mundo. Las guerras (todas absurdas) desatadas por odios raciales contaminados por toxinas del fundamentalísimo religioso, baños de sangre que han marcado como de alto peligro zonas de la geografía, por ejemplo: Oriente Medio y puntos latentes de foco rojo en Asia y, más aún, en  África de todas, la comarca más atormentada, la más hundida en el desastre y la indiferencia. A la par, en todas partes, aun en las democracias avanzadas, se sabe de crímenes inconcebibles.

México se encuentra ya –es lamentable– a la cabeza de una lista de países de América Latina (excluyendo a Venezuela por su pavorosa situación) en que la inseguridad violenta ha desbordado los contornos de lo imaginable. Las autoridades han quedado marginadas del deber de responder con mecanismos preventivos o reactivos de carácter inmediato. ¿De qué sirven –es indiscutible que no sirvieron– las cámaras de vigilancia sobre las vialidades y las de los exteriores de las propias instalaciones públicas o educativas? Por ejemplo, las de la escuela de la colegiala que fue sustraída minutos después que quedó a la intemperie a las puertas de la escuela. ¿Por qué el ominoso silencio? ¿Por qué tardaron tanto en localizar a los asesinos? Tuvo que haber una oleada de indignación social para apurar resultados.

¿Por qué no hubo seguimiento a las denuncias de la joven mujer descuartizada por la bestia que la redujo a fragmentos?

¿Por qué pudo la “madre” de la bebé ir a “engañar con la verdad”, mintiendo a las autoridades sobre la trama falsa del rapto de la bebita? Porque no creemos que la autoridad sepa, quiera o pueda llegar a esclarecer los hechos con método científico. Porque la gente cree que la autoridad sólo persigue los delitos que importan de verdad a la máxima autoridad y que los delitos entre gente común no importan y sólo son estadísticas frías e inhumanas, como esos crímenes.

La bestialidad de éstos nos debe derrumbar moralmente a todos y enardecer cívicamente para que todos hagamos lo que nos corresponde. Desde hace un tiempo México dejo de ser un destino seguro, la exigencia de una nueva era pública tiene su principal asignatura en la hazaña de tranquilizar al país con orden y legalidad. Urge tener mínimos básicos de seguridad demostrables para regenerar el derecho a vivir en términos de razonable paz. La cual se ha perdido desde hace mucho, pero que, parece, se agudiza en un clima de angustia colectiva que debemos revertir.

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