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Manifestémonos

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu Santo descendía sobre él”

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Mateo 3, 13-17

Llama la atención la gran cantidad de manifestaciones que hay durante el año en todas partes. Es difícil distinguir cuándo una manifestación es desfile, protesta, publicidad, procesión, propaganda política, presión social, medida de fuerza, folklor… La realidad está ahí con significados y fines tan variados como las intenciones de los manifestantes.

El presente domingo concluye las fiestas de Navidad que es la ‘manifestación’ más conocida, apreciada y convivida del amor de Dios que nos da a su Hijo como Salvador. Después de la Epifanía (manifestación) del Señor a todos los pueblos (representados por los Reyes Magos) viene otra ‘manifestación’ preparada por Juan Bautista y realizada en el contexto del Bautismo de Jesús en el Jordán. El evangelista la describe con los ‘cielos abiertos’, la ‘bajada’ del Espíritu Santo y la ‘voz’ que legitima y presenta al Hijo, ya adulto, en el inicio de su misión pública.

No es posible describir en letras e imágenes –mucho menos agotar- el profundo significado del gran acontecimiento salvífico que seguimos celebrando. Las manifestaciones festivas del Señor que celebramos en el tiempo de Navidad no son acontecimientos que se terminan en episodios aislados. Jesús se mete en la trama de una existencia ordinaria, circula de incógnito, va y viene por los caminos de Palestina, predica, discute, amonesta, enseña, ora, hace signos milagrosos, anuncia y hace presente la venida del Reino. Las manifestaciones del Señor son siempre Evangelio, la mejor noticia liberadora que haya recibido la humanidad.

Jesús pide que sus manifestaciones sean acogidas en la fe y expresadas en actitudes y acciones concretas que irradien la vida nueva del Evangelio. Cada quien sabe lo que le ha dejado para la vida la celebración de Navidad, la manifestación del Señor más esperada, celebrada… y, en los últimos años, más comercializada y denostada.

La Iglesia celebra este día, todavía con alegría navideña, el Bautismo del Señor. Termina el ciclo de Navidad y –pudiéramos decir- comienza nuestro ciclo existencial que inició el día que nacimos del agua y del Espíritu Santo a través del sacramento del Bautismo. La fiesta del Bautismo del Señor conlleva necesariamente una referencia precisa a nuestro bautismo. El reto permanente para el bautizado es que manifieste, de verdad, en la trama de cada día, el don recibido: ser hijos amados del Padre y hermanos solidarios en su Hijo.

Vivir con alegría y testimoniar con valentía nuestro bautismo en un mundo cada vez más descreído es el gran reto del cristiano. Manifestar con obras nuestra identidad cristiana es la tarea más urgente a realizar, tanto a nivel personal como comunitario, en el silencio de la conciencia moral y en los modernos areópagos como Iglesia. El bautizado está llamado a ser protagonista en la construcción de un mundo más humanizado. Es necesario y urgente que el nombre registrado en los archivos parroquiales salga fuera y manifieste la dignidad de ser hijos de Dios y la solidaridad de ser hermanos. Es la mejor predicación para que el mundo crea, tenga vida en abundancia y construya la paz tan anhelada.

Los bendigo con el agua bendita del Bautismo.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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