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Curación y salvación

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“¿No ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a Dios?”

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Lucas 17, 11-19

“Ése era un samaritano”, dice Lucas para acentuar el desenlace del texto evangélico que escuchamos. “Construiré un altar al Señor, tu Dios”, dice Naamán agradecido al verse curado. Las dos personas habían sido curadas, entre muchas.

El leproso del Evangelio sin nombre es marginado por leproso y extranjero. El leproso Naamán tiene poder pero la lepra lo cuestiona, tiene miedo morir sin haber vivido. Ambos son curados y salvados. ¡Qué maravilla! La fe agradecida los pone otra vez en el camino de la vida.

Diez leprosos piden curación pero solamente el que vuelve a dar gracias escucha estas palabras: “tu fe te ha salvado”. Los otros nueve son beneficiarios de la ley de Moisés que cura pero no salva. El samaritano es curado y salvado porque cree en Jesús. No es fácil entender y aceptar el drama interior que provoca la fe en Jesucristo.

Hoy aprendemos que la gratitud es esencial para el discípulo de Jesús. ‘Es de bien nacidos ser agradecidos’ siguen afirmando los sabios del pueblo. Celebrar y participar en la Eucaristía no es un mandato caprichoso de la Iglesia. ¡Es el misterio de la fe! No hay mejor manera de volver a Jesús para agradecer la redención y aceptar la tarea permanente de ser personas agradecidas porque han sido salvadas.

A dar gracias se aprende en casa desde pequeños. No nos extrañe que después de aprender a balbucear mamá, papá, aprendemos otra expresión íntimamente ligada: gracias, muchas gracias, muchísimas gracias. No hay melodía más agradable a los oídos del corazón en la familia. Es el indicador más elocuente de que estamos educando en el amor y para el amor… Y Dios es amor.

Reconocer los motivos que tenemos para dar gracias es el primer paso en toda educación. Todo inicia en el amor de quienes nos han engendrado. Nuestros padres se amaron y hemos venido a la vida. No es buena señal iniciarnos en la vida exigiendo ‘derechos’. La vida no es un conjunto de relaciones laborales, mucho menos un mercado de intereses extraños al amor. Grandes retos tiene la familia, la escuela, la iglesia para educar en la gratitud.

Ojalá fuéramos como Naamán y construyéramos un altar al Señor como gesto permanente de gratitud por el don de la vida, la familia, la escuela, la fe, los amigos, la creación entera, tantos dones. Ojalá fuéramos como el exleproso de Samaria para volver a Jesús, dar gracias a Dios, permanecer en su amor, ser salvados y salir cantando que el Señor ha hecho maravillas en nuestra vida.

Para ti es mi música, Señor, escribí y canté hace cuarenta y tres años cuando fui ordenado sacerdote. Ayúdenme con su oración a no desentonar, a ser un sacerdote afinado, a volver siempre a Jesús para irradiarlo con alegría. El sacerdote es enviado junto con todos los bautizados en una misión permanente: hacer presente a Jesús en la Iglesia y en el mundo. Jesús es el único que cura y salva.

Con mi bendición agradecida.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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