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¡Viva México!

“La voz de la patria es, como sus imágenes, un coro de resucitados que nos miran desde ultratumba, se yerguen, caminan desde el pasado para…

ESPECIAL, Sep. 11.- Y bien, llegamos, otro año más, al 15 de septiembre. Otro año que comenzamos con los sopecitos, los taquitos, las quesadillitas, el pozolito y los tamalitos. Los puestos de banderas y banderitas, silbatos, y luces de bengala se apostan en las esquinas, en los mercados. Papel picado, sombreros, bigotes, vestidos con listones, verde, blanco y rojo.

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Los héroes que nos dieron patria, aparecen en muros de foquitos tricolores, en los bajo puentes, en los edificios; sus efigies se elevan como la nueva imagen del Gobierno federal. Nuestros héroes en el papel membretado, en las circulares, en los boletines. El lacónico escudo nacional, con su águila devorando la serpiente era muy poca cosa, apenas un circulito. Las nuevas gestas requieren iconografías de efecto monumental. Allí están, se nos aparecen todo el tiempo en la imagen institucional del nuevo Gobierno: Morelos, Hidalgo, Madero, Juárez, Cárdenas, Josefa Ortiz de Domínguez, Zapata, Cuauhtémoc, con su enorme penacho, que usan ahora para ilustrar a la Guardia Nacional, porque el nuevo cuerpo militar “simboliza la defensa de la patria y la protección del pueblo, convicciones de la Guardia Nacional”.

De modo que, cuando hablan funcionarios, desde el Presidente de la República hasta funcionarios menores, nos habla la voz de la patria, más precisamente, la voz broncínea de nuestros padres y abuelos –y algunas madres que incorporaron después al elenco de manera forzada–.

La voz de la patria es, como sus imágenes, un coro de resucitados que nos miran desde ultratumba, se yerguen, caminan desde el pasado para encontrarse con nosotros, en nuestra “hora actual”, no de vientre de coco, como dijera el poeta, sino en el esplendor de la “cuarta transformación.”

Aún no tenemos algún tipo de hecho o acontecimiento que podamos elevar a gesta heroica, ciertamente, porque el país todavía es, esencialmente, el mismo o se parece mucho al que era hace un año, tristemente más sangriento y enlutado, como desde hace más de una década.

Pero esto no importa el quince de septiembre: los mexicanos amamos la fiesta, ya se sabe, necesitamos ese paréntesis ritual donde nos olvidamos de todos nuestros infortunios, los muertos, los desaparecidos, la guerra que se libra en varios municipios. Nosotros festejamos y nos reímos hasta de la muerte, nos embriagamos de noche y fuegos artificiales, corazonadas patrióticas, orgullos nacionales, nos reconciliamos y antes de que amanezca nos habremos vuelto a pelear. Y es que el orgullo nacional de la fiesta de independencia es así: no admite ni necesita verificativos, solo es, tostadas, buñuelos, pozole, alcohol, fuegos artificiales, vítores y mariachis. Ah, viva México. Nos pondremos un sombrero de charro, nos pondremos los bigotes de Villa o de Zapata, usaremos trajes típicos, nos disfrazaremos de otros mexicanos, cargaremos a los niños en los hombros, llenaremos las plazas.

Sin embargo, como puede imaginarse, este año es diferente: el nuevo Gobierno tiene programada una magna fiesta, en la capital, tanto en el zócalo como en Los Pinos, ¿dónde más? que deje en claro que asistimos a una especie de “heroica historia viva” de nuestro país, en esta su “cuarta transformación”, que consiste en rescatar “la importancia de nuestras culturas y tradiciones, mostrando la diversidad cultural del pueblo de México con un sentido cívico profundo”, cosa que no se ha hecho nunca antes, por supuesto.

Así, la noche de este domingo el Presidente López Obrador dará el grito en el Palacio Nacional, donde vive, y donde se ofrecerán aguas frescas, muy mexicanas, (ya sabemos que el Presidente las aprecia sobre las bebidas extranjeras) seguramente de horchata, jamaica y tamarindo. Nada de banquetes ni de bebidas embriagantes: la felicidad del espíritu en el cuerpo sano de la patria.

A las once de la noche, pues, saldrá a arengarnos como cada año hacen los presidentes para recordarnos que México es un país independiente. Será una noche única por el momento de feliz irradiación que vive nuestro país y en el que la gente, según el propio Presidente, es feliz, feliz, feliz.

El zócalo seguramente estará repleto de gente feliz que podrá ver elevarse la fiesta multicolor de los fuegos artificiales y de espectadores felices que lo verán por televisión o acudirán, felices, a los festejos modestos de sus plazas. Los afortunados y felices capitalinos podrán ir a Los Pinos a festejar la memoria de Celso Piña o al zócalo a bailar con la banda Limón. Así es el renovado centralismo; muy nacionalista, no podemos quejarnos.

Me gusta la fiesta de la independencia, no se me malinterprete. La muchedumbre y los fuegos artificiales del grito, como le decimos, que miré en el zócalo hace muchos, muchísimos años, se quedó en mi memoria infantil como un sello postal, una irremediable inoculación patriótica que sufriría reactivaciones más o menos pasionales a lo largo de los años; ya sea en forma de felices celebraciones pantagruélicas o de horas amargas cuando el país comenzó a despeñarse por su larga noche sangrienta. Qué le vamos a hacer, uno es sí, su patria o su matria, como escoja, y sus raíces, además de todo lo demás.

Y es que nunca podré olvidar la primera vez que miré las luces coloridas estallando como granadas en mis ojos, sobre los hombros de mi padre, la mezcla de temor y asombro, ante el atronador sonido; el advenimiento maravillado de los toritos ardiendo; el juego, a altas horas de la noche, de los niños con huevos repletos de confeti, o aquellas pulseras flourescentes que nos iluminaban la muñeca con su magia verde.

Tampoco un 15 de septiembre que me encontraba en Sevilla, también con mi padre, a los veinte años, escuchando unos mariachis y tomando tequila: nunca como esa ocasión me sentí mexicana e independiente. Clichés del nacionalismo, posesión del espíritu, cruz de la parroquia, ¿para qué combatirlos? La canción mixteca en el corazón de mi padre, tarareada “qué lejos estoy del suelo donde he nacido”. Esa patria que nos lleva al grito inevitable de “viva México” desde nuestro ronco pecho, mezcla el calendario cívico con horas encarnadas, más cerca de la poesía que del himno nacional.

Tampoco puedo olvidar, o dejar de recordar aquí, como una experiencia paradójica, pero igualmente personal, la lectura del extraordinario poema “El presidente” de Jorge Hernández Campos, una crítica demoledora del presidencialismo y el México postrevolucionario, a través del monólogo espeluznante del “Excelentísimo Señor Presidente/ de la República General y Licenciado Don Fulano de Tal”.

Los versos en que recrea la ceremonia del grito son capaces de emocionarme cada vez que lo leo, con idéntico asombro. Fiel testimonio de una época y de un mal que nos definió y nos aquejó como país, hoy, que los vientos han cambiado de manera contradictoria, y los héroes patrios nos salen al paso en todos lados, no está de más recordarlo. Especialmente cuando gritemos, con el Presidente, ¡viva México!

Felices fiestas.

 

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