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De la limosna a la solidaridad

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Recibiste bienes en tu vida y Lázaro, males; ahora él goza de consuelo, mientras que tú sufres tormentos”.
Lucas 16,19-31

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Jesús sigue instruyendo a los discípulos que quieren vivir hasta el fondo el riesgo de una fe comprometida. Hoy toca fibras muy sensibles. Aunque el texto se puede leer, escuchar e interpretar desde varios ángulos, hay uno que no debe faltar: la denuncia cruda acerca de nuestro estilo de ser cristianos ante el necesitado. Lázaro y el rico son personas que encontramos en todas las calles.

Las primeras generaciones de cristianos practicaban la limosna como signo indispensable para ser considerados testigos auténticos de Jesucristo. Sin dejar a un lado el martirio como la expresión máxima de caridad, la limosna le seguía inmediatamente. La forma de entenderla y vivirla era integral, necesaria, clara, oportuna, pertinente, no discutible. No sólo les iba bien a los infaltables ‘lázaros’ que la pedían fuera del templo, o en los pórticos, sino que “nadie pasaba necesidad” gracias al enlace indisoluble fe-caridad. El puente entre fe y caridad era la práctica de la limosna en cualquier circunstancia. El único muro era el egoísmo soberbio, indiferente, altanero del rico, como aparece hoy en la parábola.

Dos mil años después hablar de limosna parece ofensivo para unos, irrelevante para otros. Si la cotizáramos en la bolsa de valores diríamos que está a la baja. Por otra parte, la cruda realidad nos grita que los ‘lázaros’ están al alza en número y en niveles de pobreza (si es que los adverbios de cantidad aplican al misterio de todo ser humano). Además, dar y recibir limosna se ha contaminado por muros de indiferencia, individualismo egoísta, corrupción, mendicidad crónica como forma de vida, sistemas económicos estructuralmente injustos y más. Me temo que modernos ‘Caínes’ anden rondando a la caza de ‘lázaros’ y ahondando el abismo entre pobres y ricos. ¿Qué vamos a hacer? ¿Quién se lanza a construir puentes?

Nuestra forma de ser cristianos en el siglo XXI nos debe llevar a ser personas que pasan de practicar ocasionalmente la limosna a ser cultivadores permanentes de solidaridad y fraternidad. Este cultivar exige sensibilidad creciente hacia los ‘lázaros’ descartados y llagados que tocan las puertas de la caridad. De la sensibilidad debemos pasar a las acciones concretas y los gestos evangélicos de la compasión al estilo Jesucristo. Cada ‘lázaro’ tiene rostro y nombre; es hijo de Dios y también está invitado a entrar en el banquete del Reino. De igual manera cada rico. A los dos se pide conversión a Jesucristo.

Los grandes valores del Reino tienen que ver con la limosna que se traduce en solidaridad. Justicia, fraternidad, paz, bondad, verdad son valores incluyentes. Los ‘lázaros’ y los ricos que caminan por nuestras calles tienen derecho a sentarse a la mesa de la felicidad. Ojalá que en nuestras comunidades cristianas seamos capaces de generar, cultivar y hacer visibles los valores del Reino en la mirada compasiva y la acción solidaria.

Felicidades a quienes se llaman Miguel, Gabriel, Rafael, en masculino y femenino.

Con mi afecto y mi bendición.

Originario de Granados, Sonora.
Obispo de/en Zacatecas

 

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