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Aumentan desapariciones de hondureños en el desierto de Sonora

ESPECIAL, Sep. 17.- El flujo migratorio desde honduras hacia Estados Unidos, siempre en busca de nuevas rutas, utiliza cada vez más los caminos del desierto de Sonora y las consecuencias comienzan a salir a la vista, con 50 casos de reportes de personas desaparecidas entre 2017 y 2019.

Hace 15 días sonó el teléfono en la oficina del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos Amor y Fe, con sede en Tegucigalpa, capital de Honduras. Eva Ramírez, representante y fundadora de esa organización, contó que se trataba de un chico hondureño que sí logró entrar a Estados Unidos pero que en su paso por el desierto vio cuerpos de migrantes.

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“Eran personas que estaban muertas ahí”, exclamó un sorprendido y joven migrante. “Si, mijo, eso es lo que pasa en realidad”, le contestó Eva Ramírez, quien se dedica a la difícil tarea de sistematizar la poca información que hay sobre personas hondureñas desaparecidas en México.

Y más aún, trata de que los cuerpos hallados sean reconocidos y repatriados para que se los entreguen a sus familiares. En dos años llevan cinco casos de acompañamiento a familiares que ha terminado “con éxito”, es decir, con la identificación y repatriación del cuerpo.

La ruta por donde el joven del teléfono se internó en el desierto está unos 3,670 kilómetros de su ciudad natal, en Altar, Sonora, un pueblo en la frontera norte de México de unos 10 mil habitantes rodeado por el desierto de Sonora y que tiene una fuerte actividad comercial basada en la presencia de migrantes.

En el centro de Altar hay varias tiendas que ofrecen los enseres necesarios para intentar la travesía en el desierto. Por ejemplo: pantalones y camisas con camuflaje café, sombreros, pantuflas para colocar sobre los zapatos que ayudan a dejar huellas menos nítidas, y garrafas pintadas de negro mate que brillan menos y son menos detectables para la Border Patrol.

Las farmacias venden paquetes con artículos para primeros auxilios, es un kit de supervivencia con sueros, bloqueador solar, pomadas, vendas, gasas, cloro para el agua y alcohol.

Nunca faltan las “pastillas del día siguiente” y anticonceptivas para las mujeres, quienes también suelen comprar condones para que, si llegaran a ser atacadas por un violador, le pidan que al menos se proteja. “Saben que hay 50 por ciento de posibilidad de que las violen”, dijo el comerciante.

En el segundo cuadro de la ciudad se nota con frecuencia que migrantes entran y salen de casas donde son concentrados por “coyotes”, quienes llegan con sus furgonetas blancas a determinadas horas en que se reúnen los grupos de viaje y salen a toda velocidad hacia el último tramo de México que los llevará a un punto perdido en el mapa, pegado a la línea fronteriza, llamado “El Sásabe”.

En el interior de estas casas están los migrantes -mujeres y hombres- de todas las edades. Su energía al cruzar la frontera de El Ceibo o de Tecun Umán (Guatemala) desapareció. El viaje de semanas por una ruta de más de 3 mil kilómetros de camino con riesgo de muerte latente, les cambió el semblante, les arrebató el habla y la confianza hacia cualquiera que esté al lado.

La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México estimó en 2011 (no ha vuelto a publicar un informe desde entonces) que 20 mil migrantes son secuestrados cada año.

A los que están en las casas de Altar les falta arriesgar la vida por última vez. Mientras esperan a su transporte, comen, rezan, quizá duermen y hacen llamadas. Esperan a que alguien entre por su puerta dando la orden de salida.

Después suben a las furgonetas con la ropa que se vende en la plaza central del pueblo. Las chaquetas y pantalones les quedan grandes, pues los fabricantes de ropa solo venden “unitalla”.

Los vehículos salen de Altar y recorren un pequeño tramo carretero hasta donde hay una construcción parecida a una caseta de peaje abandonada en medio de un camino de tierra. También hay unos pequeños cuartos con ventanas sin vidrios. Adentro está oscuro.

El camino del desierto inicia donde están las seis cruces en memoria de miles de migrantes que han muerto en el desierto. Lo que hay después es un camino de 96 kilómetros controlado por normas establecidas por los grupos que controlan el paso de personas.

El destino tras esos 96 kilómetros es El Sásabe. Ahí termina América Latina en el norte. Después está el desierto de Arizona, donde la morgue de Tucson ha recuperado alrededor de 2 mil 500 cadáveres desde 2001 a la fecha. De acuerdo con la organización No Más Muertes, los cuerpos que se encuentran son solo “un pequeño porcentaje” de las personas que en realidad pierden la vida en el desierto.

Rubén Figueroa, integrante del Movimiento Migrante Mesoamericano, contó a Animal Político que existe una tendencia de migrantes que llegan al cruce desértico específicamente desde el departamento de Morarán, Honduras.

“Hemos notado esa compleja situación de que migrantes procedentes de esa zona utilizan esa ruta desde Honduras rumbo a Sonora. Es una migración que hemos notado desde hace cinco y siete años”, dijo.

Este dato fue confirmado por Eva Ramírez. Ella explicó que son grupos “numerosos” organizados por más personas que ya recorrieron el camino y tienen los contactos necesarios para lograr completar el recorrido hacia la frontera norte de México. “Algunos han viajado varias veces, regresan y se van en grupos grandes. Lo que estamos notando es que hay en Sonora, aunque las personas vayan con pollero a Arizona, están desapareciendo”, dijo la activista hondureña vía telefónica.

Rubén Figueroa explicó que las personas que llegan ahí provienen de lugares muy remotos del norte de Honduras y sumidos por completo en la pobreza. Arriban sin ser traficados, es decir sin “coyote”, pero se tienen que someter a las reglas del lugar y normalmente acceden a pasar como “burreros”, que significa que tienen que cargar una mochila con droga a cambio del transporte hasta Estados Unidos. No tienen otra opción.

Antes de las Caravanas migrantes que comenzaron en octubre de 2018 la Secretaría de Gobernación calculaba que cada año ingresan 150 mil migrantes a ese país y organizaciones independientes creen que la cifra ronda los 400 mil, es decir, más del doble.

Son en su mayoría hombres jóvenes de entre 18 y 35 años. De acuerdo con las fuentes consultadas las personas que están optando por ingresar por el desierto son personas que trabajan en el campo.

El Sásabe es sólo uno de los puntos de paso. Es un pequeño pueblo enclavado en un territorio irregular con algunas lomas desde donde se alcanzan a ver miles de hectáreas de desierto, y también se ve el muro fronterizo construido con grandes tubos rojizos.

Para llegar ahí fue necesario contar con la ayuda del padre Prisciliano Hernández, párroco de Altar y director de la Casa del Migrante de ese municipio, quien es respetado y puede andar por el desierto repartiendo ayuda humanitaria sin ser reprimido. Para él, quienes llegan hasta esas latitudes son los “súper latinos” que lograron pasar por infinidad de dificultades.

En El Sásabe las personas migrantes se distribuyen en las casas de seguridad y vuelven a quedar bajo custodia de alguien que les dará la orden de salir cuando el guía llegue y salgan ya cargando las mochilas que les suelen dar.

Hay algunas casas que eran usadas para mantener ahí a los migrantes que se encuentran abandonadas con historias dibujadas en las paredes y también recados que sirven como testimonios de quienes pasaron por ahí.

Las mujeres migrantes son las más expuestas a los abusos durante la ruta migratoria. Una pared de una casa de El Sásabe muestra la silueta de una mujer semidesnuda con lágrimas e iniciales escritas en los pechos. Foto: Rodrigo Soberanes

“Las consecuencias son fatales. También es muy complicado hacer las búsquedas”, señaló Figueroa, cuya organización ha colaborado con la de Eva Ramírez, quien ha conocido de primera mano lo difícil que es que una familia viaje a Tegucigalpa a poner informar a la Cancillería que alguien ha desaparecido, y después que se avise a la autoridad mexicana,. Se investigue, se encuentre el cuerpo, se identifique y se transporte. Son procesos que tardan años, si es que se realizan.

En El Sásabe hay una casa con patio semejante a un corral para ganado con piedras cubiertas de ropa. Parece grandes caparazones de tortuga. Ahí están en silencio unos 15 migrantes descansando y esperando a que se sequen sus trapos raídos. Cuando ven al párroco acompañado de un grupo de reporteros que portan cámaras fotográficas se forma una estampida hacia el interior de la casa, convertida en paradero de migrantes a cargo de una mujer que sale y, con una mezcla de acento hondureño-mexicano norteño- le niega al párroco el permiso para darle la bendición a los viajeros y pide tajantemente a los visitantes alejarse del lugar.

En la pared de una de las casas vacías, ubicada en uno de los caminos que llevan a los puntos de cruce, está el dibujo de una mujer desnuda con lágrimas y unas iniciales (B, F) en cada pecho. Es una imagen que remite a las compras de las mujeres migrantes en las farmacias de Altar.

En otra están dibujadas siete personas. El Toro que le grita “espérame” a Nicolás; Zalas con un cuchillo frente a una serpiente y un migrante más -sin nombre- que parece asustado; El Cholo junto a Brenda, y un guía. Después hay una persona que dice “agáchense todos” y arriba hay un helicóptero de la Border Patrol.

“Estos son los súper latinos. Los que logran pasar después de tanto obstáculo”, dice el cura frente a la imagen de la pared, que además tiene a un cactus y un hueso humano atrás de los migrantes.

El Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos Amor y Fe ha logrado la identificación y traslado de cinco cuerpos entre 2017 y 2019, y tiene 10 casos más de personas que aparecieron con vida. Esa organización y el Movimiento Migrante Mesoamericano calculan que por cada desaparecido reportado, hay otros tres que no se reportan jamás.

Son personas que quizá dejaron sus testimonios en las pareces de las casas derruídas de El Sásabe o que están olvidadas en el desierto, como las que vio el chico hondureño que llamó a Eva Ramírez.

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