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No codiciarás

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“¿Para quién serán todos tus bienes”?

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Lucas 12,13-21

Siguen las catequesis de Jesús en su camino hacia la Pascua. El tema de hoy es la codicia y su perversa dinámica: la avaricia. Todo comienza con una petición que parece razonablemente humana: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. La respuesta de Jesús parece descortés, enigmática, desesperanzadora. ¿Es así?

‘No tengo dinero y nada que dar, lo único que tengo es amor para dar’ cantaba, Juan Gabriel. ‘Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor’, entonábamos con algún trío, hace unos cuantos años. Muchos sueños y proyectos y también tragedias y guerras se han construido en torno al dinero. La forma de conseguirlo, su uso y abuso… han ocupado amplios espacios en la reflexión y en la vida de los seres humanos. A través de la historia hemos acuñado dos sustantivos para poner en guardia a quien quiera tomar una actitud correcta ante el dinero y los bienes materiales: codicia y avaricia.

La búsqueda de respuestas ante las preguntas que plantea la necesidad del dinero y las cosas necesarias para la vida no se ha detenido desde los inicios de la humanidad. La reflexión del sabio de la primera lectura pareciera pesimista pero es una invitación a poner las cosas y su uso en la justa dimensión. La invitación de Pablo a “buscar los bienes de arriba donde está Cristo” es también un llamado claro a dar el sentido trascendente que tiene la vida y su devenir.

La reflexión teológica que ha hecho la Iglesia a través de los siglos ha tocado los diversos temas que han rondado en la conciencia de los cristianos en todo lo que refiere a los bienes de cualquier tipo. En los últimos cien años la Doctrina Social de la Iglesia ha profundizado, desde la ética y la fe, sobre el sentido y la razón de ser de una economía con rostro humano. Sin embargo, las guerras económicas se siguen sucediendo. La acumulación de riquezas y su dinámica perversa son la actualización de la pregunta sobre la herencia a compartir que aparece hoy en el Evangelio.

La respuesta de Jesús trasciende tiempos, sistemas, aspiraciones, ambiciones y necesidades. “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”. “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir ¿para quién serán todos tus bienes?”. “Lo mismo le pasa a quien acumula riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”, sigue proponiendo Jesús a quien tenga oídos, corazón y voluntad para escuchar.

‘Tanto cuanto’, solía repetir san Ignacio de Loyola cuando le preguntaban sobre el uso de los bienes. ¿Cómo sería nuestra vida y la vida de los pueblos si aprendiéramos a discernir, a ser prudentes y generosos, a buscar primero el Reino de Dios y su justicia, a amar mucho, a compartir nuestros bienes? El único comportamiento evangélico aceptable es la generosidad/solidaridad que rompe la dinámica perversa de la acumulación insensata.

Los saludo y bendigo desde Ensenada, Baja California.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de /en Zacatecas

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