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¿Derechos y responsabilidades?

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”.

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Lucas 13,22-30

El 12 de agosto aparece en el calendario de la ONU como día mundial de la juventud. Algunas instituciones que trabajan con/para los jóvenes hicieron alusión al día proporcionando datos frescos de la realidad de los jóvenes de principios del siglo XXI. Éstos dan una fotografía general y proporcionan elementos para hacer una radiografía básica de sus fortalezas y debilidades.

No me extraña que en el siglo de más sensibilidad hacia los derechos humanos aparezca la propuesta de los derechos de los jóvenes. En años anteriores acentuábamos sus deberes y obligaciones. Sería un gran aporte para el tiempo presente y el futuro que en el pretendido nuevo modelo educativo buscáramos la relación, el enlace, el equilibrio, la integración y la proyección entre derechos y responsabilidades. En una sociedad centrada en el subjetivismo y el relativismo es lógico que los derechos del yo intenten ganar sobre los derechos del otro y de la sociedad. Hay mucho que reflexionar, profundizar y clarificar acerca de la gran riqueza de los derechos humanos universales antes de hacer un elenco particular en cada etapa de la vida.

Los derechos humanos universales y sus respectivos deberes podrían traducir, en buena parte, el mensaje evangélico de este domingo. Alguien de la periferia (los excluidos y discriminados de aquel tiempo) pregunta a Jesús “si son pocos los que se salvan”. Quizás el que pregunta observaba que algunos tenían más derechos que otros por razones de antigüedad, méritos y más. Los derechos ‘adquiridos’ en diversos ámbitos (sociales, económicos, laborales, políticos, religiosos) han sido una realidad casi sagrada en muchas sociedades. Es parte inherente a la condición humana. La complejidad de las situaciones humanas ha sido campo propicio para la perplejidad, la tensión y el conflicto.

“Esfuércense en entrar por la puerta, que es angosta”, responde Jesús refiriéndose a cierta mentalidad que privilegiaba derechos adquiridos sobre los demás e, incluso, sobre Dios. Entrar por la puerta que es angosta es aceptar el nuevo orden del Reino de Dios que no excluye a nadie. El Reino es don, no un derecho de alguien o de un pueblo. La puerta angosta exige asumir las responsabilidades de la fe en Cristo: don y entrega, gracia y justicia, autenticidad y verdad, humildad y amor, lucha y paz.

Promulgar los derechos humanos, defenderlos, enseñarlos, puede tender una trampa si no conectamos inmediatamente con la puerta angosta de la responsabilidad personal y social. Afirmar los propios derechos sin tomar en cuenta los derechos de los demás y la responsabilidad del bien común sería instaurar la dictadura de los egoístas.

“Pues los que ahora son los últimos serán los primeros…” En un mundo cada vez más secularizado y plural es necesario que el cristiano entre por la puerta, que es angosta, para provocar diálogos, tender puentes y abrir los brazos (open arms) con generosidad y solidaridad.

Volver a la escuela puede abrir la puerta para edificar un futuro más humano. ¡Ánimo, comunidad educativa!

Con mi afecto y mi bendición.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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