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Nuevas revelaciones de Emma Coronel

En abril pasado, semanas después de que el juez Brian Cogan declarara culpable a Joaquín Guzmán Loera, el corresponsal de Proceso J. Jesús Esquivel –quien cubrió el juicio seguido contra el capo sinaloense– ordenó la información recabada en las 38 audiencias y escribió el libro El juicio. Crónica de la caída del Chapo, publicado recientemente por Grijalbo. El volumen incluye una entrevista con William Purpura, uno de los abogados del acusado, y otra con la esposa de Guzmán Loera, Emma Coronel, cuyas partes sustantivas se reproducen aquí con la autorización de la casa editorial.

ESPECIAL, Jul. 13.- El mes de febrero en Nueva York suele ser gélido, pero en 2019 se está bien. Aunque hay ruido en el ambiente y música de fondo, está templado y se puede charlar. Las audiencias en el juicio del Chapo han concluido, el veredicto de culpabilidad se pronunció, y Emma Coronel tiene muchas cosas que decir. Abro la conversación.

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–Emma, ¿cómo viste el juicio de tu esposo, Joaquín El Chapo Guzmán? ¿Qué te llevas?

–¿Qué me llevo? ¡Con que me lleve a Joaquín! Con que me lo llevara a él estaría bien… –responde, entre risas.

–Sigue, sigue.

–Espérese, vamos a empezar de nuevo. Fue un chascarrillo.

–Es que esa respuesta refleja que eres una mujer…

–Namás quise bromear. Es que me pone nerviosa cuando le aplasta ahí –dice, refiriéndose al botón de rec de mi grabadora.

Ella misma retoma el hilo.

–Cada día fue diferente, hay días que me sentía triste, que me sentía cansada. No voy a negar que me daba tristeza cuando escuchaba a personas decir tantas cosas que supuestamente ellos sabían del Señor… Claro que me daba tristeza escuchar cómo unas personas que supuestamente se decían sus amigos hablaban tan mal de él.

–¿Te sentiste traicionada?

Piensa un instante y dice:

–Pues es que no estaban hablando de mí los testigos, estaban hablando de él. Traicionada directamente, no. Y a través de él tampoco, porque, eh, en el juicio no se habló nada que yo no supiera.

–Y cuando escuchabas a los fiscales tan fríos, enfocados en señalar a tu esposo como el responsable de todo lo que ocurre en México, ¿qué pensabas?

–No me lo tomé tan personal. A fin de cuentas es su trabajo: es el gobierno, es la cara que tienen que presentar. Es el papel en que se tienen que meter, y no van a venir a hablar bien de él. Durante años han dicho tanta cosa de él, ¡ahora era cuando tenían que lucirse, hacer el show y demostrar justamente tanta cosa…! No, no esperaba que hablaran bien de él. No esperaba menos.

–¿Tú ya estabas preparada, entendías más o menos lo que iban a decir de tu esposo?

–Cosa por cosa, no; pero más o menos sabíamos los temas de los que estaba acusado, de lo que iban a hablar. Es como cuando uno se mentaliza a que va a hacer frío o va a hacer calor, y va preparado para ciertas cosas. Nada me sorprendía aunque no conociera a detalle cada cosa.

–Tú también te convertiste en un factor de atención para los medios.

–No sé por qué, si yo me comporté como cualquier persona normal. Muchas veces yo decía: “Pero pues la atención está allá, Joaquín está allá, los testigos están allá…” Hasta ahorita no entiendo por qué hay mucha atención sobre mí, si no me veo del otro mundo.

–¿Eres una mujer normal?

–Yo me considero una mujer normal.

–Como esposa, ¿qué haces?

–¿Como esposa qué hago…?

–Sí, ¿haces de comer, planchas…?

–No sé hacer enchiladas –se carcajea–. No sé cocinar, pero me considero una persona normal, ¿eh?, como cualquier persona que tiene su esposo, que tiene sus hijos, que tiene su casa, que lleva a sus hijos a la escuela, que va al gym, que va al súper, que va a la farmacia. Todo normal, lo que yo veo en todas las mujeres normales. Eso es lo que yo soy.

Le reviro:

–La diferencia, Emma, si me perdonas…

–A ver…

–Es que eres la esposa del Chapo Guzmán. Y estamos hablando del juicio al que algunos medios han calificado como “el juicio del siglo”.

–Sí, he escuchado.

–¿Te incomodaba esto? La atención que tú generabas.

–Un poquito, la verdad. Soy una persona que no está acostumbrada a estas cosas y que no la está pasando bien. Para mí no es como lo ven las personas de afuera o los periodistas. Para mí no es asunto de noticia o morbo. Yo estoy sintiendo, porque es mi familia. Claro que hubiera preferido mil veces la tranquilidad, estar anónima…

–Queramos o no, quieras tú o no, y lo quiera él mismo o no, Joaquín es una leyenda en México. Forma parte de la historia tanto judicial como criminal del país. El ver un desfile de los que fueron sus amigos y socios, y que ahora hayan venido a acusar a tu esposo, ¿qué crees que le significa, tú que conoces a tu esposo?

–Estoy segura de que no se lo toma personal, que sabe que ellos están arreglando sus problemas echándole tierra a él.

–Pero, por ejemplo, yo sí le noté reacciones distintas… Hubo algunos testigos que no le importaron, incluso a algunos los saludó bien, pero a otros no, como Christian Rodríguez, el colombiano.

–Yo no conozco a Christian ni lo conocí. No, no sé qué contestarte en ese aspecto.

–Pero, por ejemplo, otra persona que sí estuvo muy cercana a Joaquín fue su compadre Dámaso.

–No podemos omitir ese tema –se ríe.

–Dime lo que quieras, ríete, pero se notaba hasta cierto respeto de parte de él hacia tu esposo…

–Pues le ha de tener…

–Cuando le decía “mi compadre” se veía que lo decía de corazón…

–Ha de ser de corazón, cuando me decía “comadre” me lo decía de corazón –y vuelven las risas.

–Bueno, cuando hablaba de “mi compadre”, ¿qué pensaste tú? Te lo voy a preguntar de otra manera, ¿tú tenías aprecio por tu compadre?

–Claro.

–¿Y verlo ahí?

–Es fuerte. Es algo fuerte que sentí, no puedo decir que odio… decepción, tal vez decepción, y sé que tampoco la está pasando bien. Él igual está en la cárcel, alejado de su familia, tiene a su hijo en la cárcel. También siento pesar.

–Se notaba familiaridad entre ustedes, entre los compadres. Se notaba como que había cariño. Nunca habló con desdén de tu esposo y mucho menos cuando dijo, así como con orgullo: “Soy padrino de sus hijas”.

–Pues sí… No sé qué circunstancias lo llevaron a estar ahí (testificando contra El Chapo), pero sé que no fue encantado de la vida. No sé qué le prometieron: sé que no iba encantado de la vida.

–¿Lo veías, digamos, obligado?

–Pues sí, de cierta manera. Yo no sé qué le prometieron, tal vez cosas para su hijo, y uno por un hijo es capaz de hacer lo que sea. Por eso yo no los juzgo ni tengo ningún rencor para nadie, ni me tomo nada personal, porque yo no sé cómo la estén pasando ellos o qué los llevó a tomar esas decisiones.

–¿Has sentido miedo? ¿La esposa del Chapo Guzmán ha sentido miedo?

–Eh, ¿miedo en qué aspecto?

–Miedo de que te puedan detener, que te puedan interrogar, que te puedan hacer alguna cosa.

–Miedo de estar en la cárcel, no, porque yo no he cometido ningún delito. Yo ya estaría presa aquí o allá si tuvieran pruebas. ¿Miedo a que de repente pudieran detenerme, que me pudieran golpear para que les diga lo que ellos quieren? Pues así le pasó a mi familia. Mi hermano fue torturado.

–¿Quién lo torturó?

–La Marina, en Culiacán.

–¿Cuándo fue?

–Unos meses antes de que fuera detenido Joaquín. Querían que a fuerza les dijera dónde estaba, y eso sí me da miedo, porque yo sé cómo fue torturado. Esas cosas me dan miedo, las violaciones, cómo se dice…

–A los derechos humanos…

–No tanto de ser “presentada”. Si le hablan a uno de que “necesito tu testimonio”, a eso no le tengo miedo, porque uno va, se presenta y declara. No tienes nada que esconder.

–¿Tienes miedo al abuso?

–A eso sí, porque he visto tantas cosas que le han pasado a mi familia… También están presos mi papá y mi hermano mayor, y yo me siento responsable porque están ahí sólo porque son mi familia y yo soy la esposa. He visto tanta cosa… Eso es lo que me da miedo, que puedan llegar a detenerme cuando esté con mis hijas. Pero de que me llamen a declarar no tengo miedo.

–Si es con todas las de la ley, tú no tienes miedo…

–Por supuesto que no, y espero que si algún día necesitan mi testimonio, me hablen así, bien, con cita y todo, porque quedé bien traumada cuando detuvieron a Joaquín.

–¿Cuando lo detuvieron contigo?

–Sí.

–¿Por qué te quedaste callada sabiendo que quienes detuvieron a tu esposo cometieron una violación (legal) en México? Lo viste aquí en la corte, a Víctor Vázquez…

–Te voy a contar algo que nadie sabe sobre Víctor Vázquez, ¿eh? Volver a verlo me dejó helada, porque recordé su voz, que la última vez que escuché yo tenía los ojos tapados.

–¿El día de la detención?

–El día de la detención nosotros llegamos, nos llevaron en una camioneta al cuartel de Mazatlán, separadas yo y la nana, y la cocinera y otro muchacho en la parte de atrás. Iban manejando dos militares. Nos dejaron ahí estacionados, ya tenía mucho rato que se habían ido. A Joaquín lo tenían no sé dónde, allá adentro, y se arrimó alguien al carro y era él (Víctor Vázquez), pero en tono burlesco, como burlándose, como que fue a ver por curiosidad, porque yo creo que no nos había visto. Yo estaba con los ojos vendados, pero la voz era de él. Ahora es bien “cómico” escuchar su voz… Me puse bien chinita, me acordé de eso, de cuando él vino a la camioneta y como que se estaba burlando…

–¿Qué te dijo?

–Se estaba burlando, como “ahora sí detuvimos al Chapo”, que por fin, y riéndose ahí. Escuchaba que se estaba burlando, me dio mucho coraje y le dije: “Ah, pues ya era hora”, y me quiso pegar.

–¿Te quiso pegar?

–Me quiso pegar, pero los demás lo detuvieron y ya le dijeron: “No, no, ya vete, vete, quítate”, y se lo llevaron. Y ya los que estaban manejando me dijeron: “No, no, tranquila, no les digas nada, es que ellos son muy…”

–¿Te ofendió con palabras?

–Sí, estaba grosero, burlesco.

–¿Qué te dijo?

–Así como “pinche vieja pendeja, no sabes todo lo que hemos pasado”.

–Pero, ¿tú no sabías todavía que era un agente de la DEA?

–Yo pensé que era de los mismos, pero yo pensé que venían de México, no de Estados Unidos, y me dijeron: “No, no te preocupes, aquí te vamos a cuidar, no te va a pasar nada”, así como que “no somos juntos, somos aparte, nosotros no somos como ellos”, pero recordar su voz el otro día en la corte…

–¿Te hizo clic?

–Y te lo dije a ti porque tú me habías hablado de él. Sí me puse chinita porque me acordé que él fue quien me quiso pegar.

–Te sorprenderías si te dijera que yo vi fotos tuyas…

–Que usted vio…

–…el día de la detención, porque él me las enseñó en su teléfono; él me enseñó el momento que entraron a tu habitación, cuando agarraron a tu esposo, y entraron puros gringos, y tú lo sabes, porque hablaban inglés.

–Estaban hablando inglés, fue tan rápido… Entraron al cuarto apuntando, no pasaron de la puerta, se pararon como tres en la puerta apuntándome a mí con los rifles. No entraron a la habitación hasta que Joaquín salió del baño.

–Claro, claro…

–No entraron por él, él salió y les dio las manos. Él salió porque ellos estaban queriendo pegarme a mí; entonces él salió y dijo: “Ya, ya, ya”. Él estaba en el baño cambiándose.

–¿Te sometieron con las armas?

–No, traían chalecos en las manos, traían armas también y me aventaron con los chalecos. Me estaban preguntando: “¿Con quién estás?”, y yo les dije: “Con nadie, con nadie”, entonces me aventaron y fue cuando él les dijo: “Ya, ya, aquí estoy”.

–¿Y estaban hablando en inglés?

–En español. Estaban hablando en español, cuando estaban hablando en inglés fue abajo.

–¿Y entre ellos no se hablaron en inglés arriba?

–Pues no me acuerdo, para qué te voy a echar mentiras. No me acuerdo, yo traía la adrenalina a todo lo que daba, había un relajo, un ruido, pero sí me acuerdo que estaban altotes y que dije yo: “Éstos no son chilangos” –y suelta la risa, de nuevo.

–Emma, ¿por qué te quedaste callada acerca de eso si eran violaciones, no sólo a tus derechos humanos sino también a la soberanía mexicana?

–Por miedo, no quería hacer más escándalo del que ya había, al fin de cuentas estábamos bien, las niñas estaban bien. A él también creo que le pegaron en varias ocasiones.

–Sí.

–Pero estaba bien, aunque hubo dos o tres detallitos que se pasaron de lanza conmigo.

–Dímelos.

Suspira. Luego se ríe.

–Que después como que –se traba–… Que me hicieron que me cambiara enfrente de ellos.

–Yo vi unas fotos.

–Me hicieron que me cambiara enfrente de ellos, ¿y qué iba a hacer?, ellos apuntándome con los rifles.

–¿Qué otro “detallito”?

–No, nada –más risas–. Groserías, groserías…

–¿Qué te decían?

–Ya no me acuerdo, como “ah, pinche puta”, “vieja pendeja”, y no me importaba porque yo estaba más pendiente de dónde están las niñas. Me tenían así porque no me decían en dónde tenían a las niñas.

–¿Las niñas lloraron?

–Yo las escuchaba llorar. Yo les rogaba que dejaran que las niñeras se quedaran en el cuarto, porque nos bajaron.

–¿Y dejaron a las niñas arriba, solas?

–Es lo que yo no sé, nunca supe, ellos decían que no. Una de las veces que yo miré, porque aún no me vendaban los ojos, vi que le pegaron a Joaquín…

–¿Con qué le pegaron?

–Con el rifle.

–¿En la cabeza?

–Sí, en la cabeza. Ay, no –da una palmada emulando el ruido del golpe–, ya no quiero recordar eso porque siento que lo vuelvo a vivir. Es bien fuerte. Fue bien traumante.

 

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