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Misioneros de/para la paz

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“El deseo de paz de ustedes se cumplirá”

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Lucas 10,1-12.17-20

Diferentes formas de violencia siguen ocupando espacios en los hogares, calles, centros de diversión, medios… y más. Hay violencias más publicitadas que otras. La semana pasada tuve un encuentro con personas que han vivido en carne propia lo más inhumano de la violencia: secuestros, desapariciones, asesinatos. ¿Cómo es posible que haya seres humanos que hacen negocio con el sufrimiento de inocentes? La maldad en su crudeza, por un lado; el coraje, la impotencia, la incertidumbre, por otro.

¿Cuándo terminará esto? Una señora hizo la pregunta esperando una respuesta esperanzadora. De momento me quedé mudo, sin saber qué responder, impotente al ver correr lágrimas de sufrimiento casi sin fin. Escuché con atención las diversas experiencias vividas al límite de las fuerzas. ‘Si no hubiera rezado a Dios y a la Virgen María no hubiera resistido’, dijo un señor… Otra señora balbuceó dos palabras que me hicieron sentir que sí es posible que la violencia asesina se termine. Perdón y paz, son las palabras que dijo la señora.

Hoy Jesús nos sorprende, una vez más, al decirnos que tiene necesidad de colaboradores y gestores para la construcción de su Reino de perdón y de paz. No son suficientes los doce apóstoles. En el marco del viaje a Jerusalén –la escuela itinerante de discípulos misioneros- elige y envía a otros setenta y dos colaboradores. Les da instrucciones para que hagan con urgencia y propiedad su servicio de perdón y paz. La misión ha de ser austera, urgente, sanadora, curativa. El enviado debe estar convencido que el éxito de la misión no está en las fuerzas humanas sino en la oración perseverante y en la entrega confiada.

Las instrucciones que da Jesús a los enviados (misioneros) los comprometen en la construcción de la paz. Llama la atención que el anuncio de la paz debe comenzar por la casa, no en los templos, ni en los palacios. Jesús apuesta por el espacio doméstico como lugar cotidiano para la construcción de la auténtica paz. La razón es muy clara: la casa/hogar/familia es el espacio donde se forma y se acompaña a las personas en sus convicciones fundamentales para la paz. Y pensar que hay personas/colectivos que…

El discípulo/enviado no tiene derecho a reaccionar de manera violenta, ni siquiera ante la negativa de recibir la paz. Queda descartada hasta la mínima violencia. Las instrucciones son contundentemente claras y actuales. Aplican también para el discípulo del siglo veintiuno.

Seríamos eficientes constructores de paz si formáramos un #Somos72ymás, pasáramos de espectadores/quejumbrosos a gestores/constructores de la paz en el espacio doméstico y en los lugares donde interactuamos. El interés por el Reino de Dios debe ser común, no de unos cuantos. Todo el que se dice creyente cristiano debe implicarse. No se trata de hacer ruido de vez en cuando sino de crear una comunidad corresponsable para el progreso del Reino de perdón y de paz, como dijo la señora.

Con el afecto de discípulo misionero bendigo sus proyectos de paz en tiempo de vacaciones.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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