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Testigos en salida

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“El Espíritu Santo les enseñará todas las cosas”

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Juan 14, 15-16.23-26

El gran tiempo litúrgico de Pascua culmina con el envío de los discípulos para que sean testigos del Resucitado en todo tiempo y lugar. El envío del Espíritu marca el tiempo de la Iglesia que tiene como misión anunciar, celebrar y testimoniar este Evangelio hasta los confines de la historia y los recovecos de todas las periferias geográficas y existenciales. Vayan y den mucho fruto nos ha dejado como testamento el Viviente.

“Cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua” era la noticia voceada que recorría las calles de Jerusalén cuando los discípulos salieron del lugar donde fueron sorprendidos y transformados por el fuego del Espíritu Santo. De la timidez pasaron a la valentía, del miedo a la confianza, de la cobardía a ser testigos decididos. Salen presurosos a dar un convencido y alegre testimonio de la presencia fiel y compasiva del Señor.

Todos entienden el lenguaje del amor. Babel ha quedado atrás. Con la venida del Espíritu prometido comienza la misión de la Iglesia. Pentecostés indica el tiempo nuevo y definitivo, el paso del Espíritu, la posibilidad de la comprensión universal, la fe que mueve montañas, la era del amor, el aterrizaje de la misericordia… Es el Evangelio de Jesucristo al alcance de quien quiera escuchar y creer; de los buscadores y peregrinos de todas partes, en cualquier circunstancia en que se encuentren.

Tres dones pido al Espíritu Santo para ser Iglesia en salida, testigos decididos, pueblo de Dios comprometido:

– El don de sabiduría para saber leer, escuchar, comprender y atender los anhelos de quienes habitan las modernas ciudades y sus periferias. La Babel de las modernas confusiones, relativismos, indiferencias, ofertas de salvación… sigue siendo tentadora. Hoy más que nunca necesitamos sabiduría para discernir los auténticos valores que construyen el Reino de Dios de aquellos que, en apariencia, ofrecen salvación pero que destruyen la vida y la esperanza.

– El don de la audacia para salir de las zonas de confort en que nos encerramos bajo el pretexto de inseguridades de todo tipo. El problema de la Iglesia –a mi parecer- no es doctrinal, ni de nostalgia del pasado. Necesitamos del fuego del Espíritu que nos dé valor para mirar con confianza el futuro por construir. Para ello necesitamos apertura, tender puentes, generar confianza y sentido desde el Evangelio. El Papa Francisco nos da ejemplo de un Pentecostés incisivo y permanente.

– El don de aceptar con alegría y confianza la misión. Somos los discípulos testigos enviados a recorrer -con el Evangelio en la mano, la cabeza y el corazón- las nuevas avenidas del mundo supuestamente conocido del siglo XXI. No hay desafíos y escenarios que se resistan al Evangelio cuando hay testigos en salida. La falta de vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada no es tal si cada bautizado se deja transformar por el fuego del Espíritu y acepta con alegría el compromiso de la misión.

Hoy respondemos cantando: Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra. Aleluya. Que así sea. Amén.

Los bendigo movido por el fuego del Espíritu del Señor.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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