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Secuelas de la Conquista de México

CIUDAD DE MÉXICO, Abr. 14.- El presente ensayo no busca agregar una gota más al océano de tinta que se ha vertido sobre la conquista de México. La enumeración de los hechos concurrentes es de sobra conocida, aunque dilucidarlos provoca aún vehementes debates. La aproximación al fasto histórico amerita empero una provisión de elementos de análisis útiles para la interpretación de los fenómenos de aculturación derivados de ese acontecimiento cuyas reverberaciones se han sucedido durante los últimos 500 años.

En contraste con otras civilizaciones que estuvieron constantemente sometidas a intensos procesos de interacción cultural, el mundo precolombino se mantuvo aislado durante mucho tiempo, lo que explica en gran medida la originalidad de sus expresiones culturales, desprovistas de influencias externas, y al mismo tiempo su enorme vulnerabilidad. Las sociedades mesoamericanas adolecían, pues, de una gran fragilidad, propia de su evolución, en especial la cultural, para resistir la expansión de Occidente. Por ello, la conquista fracturó su aislamiento milenario y la arrastró a la devastación.

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El examen de las civilizaciones euroasiáticas provee de evidencias en tal sentido, pues una constante en su desarrollo fue la interacción con otras culturas. Este factor propició el intercambio de bienes e ideas, de lenguas y expresiones culturales; de divinidades inclusive. A ello se agregan las diversas migraciones de grupos humanos, que tuvieron como resultado profundas metamorfosis sociales.

La cultura mesoamericana no estaba subordinada a otras culturas, por lo menos no en la forma que se observó en el caso de Eurasia. El aislamiento de los pueblos amerindios conllevó la progresión pausada de un modelo cultural y no impidió el desarrollo de un arte exuberante, complejo y refinado, enigmático y fascinante, y dominado sobre todo por una expresividad grandiosa. Esa cultura fue tributaria de sí misma y su propia fuente de inspiración. Sus arquetipos fueron esencialmente los mismos y permitieron la gestación de una cosmogonía muy sofisticada.

En aquellas culturas, más que ruptura hubo transformaciones profundas que no implicaron el advenimiento de otras civilizaciones. La precolombina fue una constelación de pueblos con cosmogonías religiosas paralelas y, en todo caso, complementarias. Octavio Paz lo puntualiza de esta manera al sostener que del primer siglo de nuestra era hasta el XVI los pueblos mesoamericanos desarrollaron y recrearon un conjunto único de conceptos de principio, con técnicas e instituciones sociales y políticas propias.

La noción de imperio, eminentemente occidental, no aporta ningún parámetro apropiado para explicar la organización política y social precolombina. Nada más lejano al esquema cultural mesoamericano que el arquetipo europeo de Estado nacional hegemónico; éste jamás formó parte de sus designios.

La existencia de fronteras culturales explica igualmente la singularidad y complejidad en el periodo precolombino; es en zonas geográficas específicas donde diversas culturas interactúan tanto entre ellas como con su entorno físico. Este último, junto con una extensa gama de variables culturales, políticas y religiosas, se hallan en juego en esa interacción. La consecuencia de esta concomitancia de factores es la transformación cultural como el catalizador más importante para el cambio histórico.

En sus Ensayos, Montaigne (1533-1592) calificó la conquista de México como una de las guerras de religión más cruentas de la historia. Al contrastarla con la expedición de Alejandro Magno a la India, destacó el hecho de que ésta no fue destructora, toda vez que preservó y enriqueció la cultura india, como en el caso de la escultura y la noción antropomórfica de la divinidad. Ante ello, el budismo Mahayana abandonó incluso la prohibición de representar figuras humanas; Buda sería ataviado con la túnica griega y la testa de Apolo.

La denominación de leyenda negra española no es atribuible empero al ilustre pensador francés. En abril de 1899 Antonio Soler aludió a ella; de hecho, Emilia Pardo Bazán (1851-1921) ratificó el aserto de Soler ese mismo mes y año en París. Pero fue Julián Juderías, en su libro La leyenda negra española y la verdad histórica (1914), quien popularizó el término. Tributario de la Generación del 98, sostuvo que España era un país de frailes y de inquisidores, “de reyes perseguidores de la libertad y del progreso”.

La contextura social

Los conquistadores provenían de una península que por siete siglos había sido dominada por los moros. La guerra contra los árabes terminó con la rendición de la Alhambra en 1492, lo que abrió un espacio de libertad y de oportunidades para la movilización social en la milicia. El sitio de Granada pudo constituirse como un elemento de cohesión en torno a la corona, que congregó a las fuerzas dispersas españolas en la consecución de un objetivo común.

En efecto, durante un largo periodo de su historia la Corte se vio obligada a conceder prerrogativas territoriales a expensas de su poder, lo que había permitido a la aristocracia pergeñar un poderío propio que llegó a rivalizar con el de la corona. Ésta tuvo muy en claro que para hacer preservar el interés general debía hacerlo compatible con el individual; estas prebendas territoriales quedaron aseguradas a través de la primogenitura. Del ­siglo XI al XV la historia española estuvo marcada por el obsequio a la nobleza de estas concesiones. Los hijosdalgos y los ricoshomes de la aristocracia neutralizaban con frecuencia el poder de la corona.

Los monarcas buscaron contrarrestar este poder con un tercero: el municipal. Si bien éste no fue una creación de la monarquía, en la España cristiana adquirió características específicas que le permitieron resistir a la aristocracia.

A raíz de la conquista fueron traspuestas instituciones y formas de gobierno peninsulares por medio de las armas, simultáneamente a la implantación del sistema civil español, con un sinnúmero de variables.

Los europeos consideraban como inherente a la guerra el pillaje y el derecho al botín, que fueron perpetrados en América. Conforme a la concepción del ius belli, el derecho de conquista fue impuesto sin conmiseración por las vías del derecho, la religión y la lengua. Con estas convicciones que arrobaron a los conquistadores, se realizó la conquista.

El derecho

Uno de los temas primarios que hubo de abordar la corona lo constituyó la forma de organización política y social de las Indias. Sus instituciones carecían de la universalidad y flexibilidad para trasponerlas a sociedades con culturas diametralmente distintas. Más grave aún, en la época se carecía de otros modelos, y los que existían eran totalmente incompatibles con las convicciones españolas, en particular con el de la sumisión.

Lo que resultaba claro era que había que asegurar la forma de administración y gobierno que garantizara a la corona los máximos beneficios de los nuevos territorios. Se optó entonces por un sistema radial administrativo con la imposición de un mismo jus commune que afirmara un vínculo único y coherente con la corona.

Las decisiones ulteriores se insertan en este ámbito; los nuevos territorios, incluso los desconocidos, se adscribieron in toto a la corona y no al reino de Castilla, lo que acarrearía consecuencias históricas enormes de muy diversa índole. Para vertebrar esta decisión, en 1501 la corona prohibió la entrada a las Indias sin permiso real, con excepción de quienes comerciaban en las costas. Felipe II autorizó únicamente a los peninsulares a participar en el proceso de colonización, aun cuando en su imperio había vasallos italianos y flamencos, entre otros. En consecuencia, las Indias migraron del exclusivismo colonial al exclusivismo español, y ello marcó en definitiva la historia étnica y cultural de las Indias.

La trasposición del sistema jurídico español estuvo preñada de vicisitudes. De ello da buena cuenta el Codex Osuna, que forma parte de la Biblioteca Nacional de Madrid desde 1882. Escrito en papel europeo, narra la vida municipal de la población indígena después de la conquista y refiere la crónica del proceso emprendido contra el virrey Luis de Velasco (1511-1564), quien fue acusado por los caciques mexicanos de impudicia, abuso de poder y prevaricación ante Jerónimo de Valderrama, habilitado con poderes plenipotenciarios como visitador por Felipe II.

Este códex es mucho más que una crónica judicial, si bien de suyo es de gran interés; ofrece una invaluable perspectiva de la interacción entre dos órdenes jurídicos disímbolos, entre la ley escrita española y los documentos pictográficos indígenas del periodo. Es una clara muestra de la aculturación y de la trasposición de un sistema legal a otro.

Un elemento inicial de aculturación fue la práctica testamentaria, que comenzó a realizarse tanto en lengua vernácula como en castellano. A través de ella puede percibirse con claridad la absorción por el espíritu indígena de un sistema legal y la mutación de todo un orden social. Esta práctica tuvo un efecto inesperado: se empleó como elemento de convicción para delimitar las áreas de las comunidades y como medio de transmisión de propiedad. Sirvió asimismo como un principio de ordenación, no sólo del patrimonio individual, sino recurrentemente del de las propias comunidades. Para mencionar lo obvio, la práctica testamentaria era un mecanismo totalmente ajeno a los usos y costumbres indígenas.

Ciertamente, los peninsulares incurrieron en toda clase de abusos; uno de los más comunes fue el clerical con los llamados sufragios espirituales y legados piadosos, que sumaban la quinta parte del patrimonio del testador. El escándalo llegó a tal extremo que Carlos V prohibió a los encomenderos heredar a los indígenas; en este despojo participó activamente el clero. El Tercer Concilio Provincial Mexicano hubo de poner un máximo a esa figura de exacción (Teresa Rojas Rabiela, Elsa Leticia Rea López y Constantino Medina Lima).

La religión

Los procesos sociales no son nunca uniformes ni alteran simultáneamente las instituciones. De esta premisa puede inferirse que la interpretación europea del Nuevo Mundo tampoco fue homogénea. Diferentes ideas suscitaron entre los europeos el polifacético mundo resultante de la colisión entre las dos culturas, así como los habitantes, la flora, la fauna y las curiosités del mismo.

La estupefacción inicial en Europa se manifestó sobre todo ante las evidencias culturales importadas del Nuevo Mundo, cuya comprensión se realizó a través de categorías medievales. La élite intelectual europea, al margen de la colonización, buscaba una explicación comprensiva del universo indígena. Con estos espejuelos los conquistadores tradujeron en valores crematísticos europeos los valores simbólicos impregnados en todos los artefactos indígenas. Lo que más interesaba a los peninsulares eran aquellos objetos que guardaran cierta similitud con sus equivalentes en su propia cultura.

La remisión de piezas precolombinas a la Metrópolis tenía como propósito obtener favores para la causa conquistadora. La Corte, sin embargo, entendió el gesto como un acto de sumisión y aquiescencia de los indígenas hacia la autoridad extranjera.

En 1520 llegaron las primeras remesas a la península enviadas por Cortés y fueron exhibidas en Valladolid; posteriormente en Flandes. A las que se mostraron en la segunda región tuvo acceso el artista plástico Alberto Durero, quien no escatimó expresiones de asombro, como las manifestadas también por Benvenuto Cellini y Pedro Mártir.

En la tercera remesa de Cortés a Carlos V ya se incluían imágenes, crucifijos y medallones con motivos religiosos que habían sido copiados por los indígenas mexicanos a solicitud del conquistador. Estos son los primeros indicios palmarios de la aculturación religiosa en tierras americanas.

Las categorías estéticas de las que estaban imbuidos los conquistadores se evidencian en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo donde se incluyen referencias constantes a categorías europeas. Este cronista no fue el único que ponderó las habilidades de los indígenas mexicanos; Fray Bartolomé de Las Casas, en su Apologética historia sumaria, hizo lo propio en sus alegatos en favor de los indígenas, lo que constituye otra muestra de la mentalidad española de la época.

En 1577 se llegó al extremo: una ordenanza real dictada por Felipe II prohibió al clero realizar cualquier compilación de las costumbres indígenas y denegó la exportación de los bienes culturales de los territorios conquistados. En la época se introdujo una nueva categoría social, la del paganismo, que se usó para caracterizar la cultura de los habitantes originarios del Nuevo Mundo. Con esta categoría habían sido denominados los pueblos bárbaros europeos, y más tarde los de otros continentes, incluida América. Las virtudes y valores del cristianismo se vigorizaban al ser contrastados con los del paganismo.

En las obras de los misioneros la narrativa constante es la comparación entre las costumbres indígenas y las europeas, con el propósito evidente de hacer comprensibles las primeras a la mentalidad europea. Esta narrativa terminó por legitimar la colonización. Así, la diversidad cultural se subordinó a la necesidad de proveer de homogeneidad al paganismo, para incluir en una sola categoría a todas las que pudieran rivalizar con el cristianismo.

Las explicaciones teológicas emergieron ya sea imaginando que las poblaciones indígenas eran tribus extraviadas desde tiempos de Noé o una más de las tribus de Israel, o herederas de la presencia misma de Tomás de Aquino. Su común denominador eran las referencias bíblicas; la alusiva a la instrucción a los apóstoles de ir por todo el mundo y predicar las buenas costumbres de Cristo (Mateo 28:18-20 y Marco 16:15) provocó debates teológicos irresueltos que tuvieron graves consecuencias en la colonización. Era previsible, aun cuando no deja de ser asombroso, que el pensamiento medieval español se transfigurara en uno totalmente mundano.

La lengua

En 1499 la quema del archivo moro de Granada en la Plaza Bib-Rambla, ordenada por el inquisidor cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), obispo de Toledo y confesor de Isabel La Católica, transgredió flagrantemente el Tratado de Granada, ratificado en noviembre de 1491, cuyo agravio aún impacta en el  Islam.

Años más tarde, ya en tierras mexicanas, Juan de Zumárraga (1468-1548), primer obispo de México e inquisidor, y Diego de Landa (1524-1579), primer obispo de Yucatán, cometerían la misma atrocidad con los códices indígenas. Es conocido el fracaso de este último, quien en su Relación de las cosas de Yucatán pretendía haber creado la Piedra de Roseta para descifrar la lengua maya.

El castellano jamás pudo ser impuesto a cabalidad como lengua dominante en la Nueva España. Peor aún, los esfuerzos en ese sentido provocaron reacciones totalmente contrarias en el transcurso del tiempo. El primer indicio del rescate de las lenguas vernáculas se inició con la fundación de la Academia Mexicana de la Lengua en mayo de 1835, entre cuyas tareas estuvo la de depurar el castellano corrompido, formar un diccionario de voces hispano-mexicanas, así como gramáticas y diccionarios de las diferentes lenguas que se hablaban en el país.

Epílogo

La historia de la humanidad es un drama sinuoso en el que las naciones, después de una larga gestación, están llamadas a ­desempeñar una función en la historia. En el caso de la conquista, la interacción entre dos civilizaciones radicalmente disímbolas conllevó procesos de aculturación en los que a las culturas originarias se les presentó como pasivas. Al inicio de la conquista dos organizaciones sociales, la República de Indios y la República de Españoles, interactuaron con resultados insólitos: una nueva cultura en los que sobresalieron la organización política y la aplicación del orden jurídico españoles.

El sojuzgamiento de las comunidades indígenas se realizó no sólo durante el periodo colonial sino en el México independiente. Por razones políticas e ideológicas, a partir del movimiento de independencia se veneró al indígena arqueológico, mientras que, por el contrario, a las comunidades originarias se les confinó al ostracismo y la postración.

 

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