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Su nombre es misericordia

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

“Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida”

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Lucas 15,1-3.11-32

El relato evangélico que proclamamos y escuchamos el cuarto domingo de Cuaresma es realmente importante y exuberante. Alguien ha dicho emocionado que si se quemaran todas las páginas del Evangelio y quedara solamente ésta, con eso sería suficiente para reconstruirlo. El padre de la parábola se comporta ‘sin medida’ en la acogida de los dos hijos y en la oferta del perdón para quien se reconozca necesitado y quiera regresar a la casa paterna. Con razón su nombre es misericordia.

Puede uno imaginarse el impacto de esta visión ante un auditorio judío marcado por la gran cantidad de condiciones/requisitos que era preciso cumplir para acceder al perdón de Dios. Quizás todavía, al escuchar la parábola, pudiera parecernos un perdón demasiado fácil y barato. No es raro escuchar el calificativo de ‘padre alcahuete’ que se da en ciertos ambientes a quien se abre sin reservas a los hijos. La semana que recién ha terminado oí decir a una persona que si la Iglesia no estaba abaratando el perdón al abrir puertas y ventanas a quien se acerca buscando la misericordia de Dios.

Muchas veces hemos escuchado esta parábola y siempre nos conmueve porque nos vemos reflejados en alguno de los hijos. El ‘pródigo’ vuelve porque tiene hambre y es humilde; el ‘mayor’ se asoma pero no entra. El padre tiene corazón para los dos, no importan condiciones, ni distancia, ni despilfarros, ni discursos. Jesús habla de su Padre como quien ama sin medida y perdona porque ama. Al escuchar y meditar lo que revela la parábola también estamos invitados a ser como el padre bueno, desmesurado en generosidad y pronto para perdonar. Somos sus hijos, ¿por qué no ser misericordiosos como el Padre?

En la cultura actual hablamos mucho de justicia y solidaridad, muy poco del perdón. Hay programas y tribunales de justicia, pero el perdón en su sentido social no tiene cabida, no constituye un elemento cotidiano de convivencia social, se otorga raras veces. Se anhela la justicia pero se excluye el perdón, siendo que se necesitan mutuamente si quieren sanar de fondo los corazones. Una sociedad donde no tiene cabida el perdón termina por ser dura, áspera, injusta, inhumana. Los romanos, creadores del derecho, decían que cuando se procuraba la máxima justicia se cometía la máxima injuria. ¿No podemos imitar al Padre, justo y misericordioso, en la convivencia social?

La Cuaresma es tiempo óptimo para trabajar la espiritualidad y las posibilidades curativas del perdón. “El camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón para poder vivir toda la riqueza del Misterio Pascual”, nos anima el Papa Francisco. El cristiano debe estar en primera fila cuando se trata de colaborar en la cultura del perdón en su dimensión social. Muchas vidas pueden salvarse si imitamos y reflejamos el estilo misericordioso de nuestro Padre Dios.

Que la bendición de Dios nos ayude a ser hijos perdonados y servidores de la misericordia.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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