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La improbable vida de ‘El Chapo’

Sesenta años después de haber nacido en un pueblito, fue diseñador de túneles, se salvó de ser asesinado gracias a la ayuda involuntaria de un jerarca religioso, adquirió prestigio de omnipresente y se volvió amigo de estrellas de Hollywood.

CIUDAD DE MÉXICO, Feb. 13.- El capo de la mafia, Joaquín Guzmán Loera, no sólo es el tránsfuga más célebre de la justicia. También hizo carrera como diseñador de túneles, se salvó de ser asesinado gracias a la ayuda involuntaria de un jerarca religioso, adquirió prestigio de omnipresente y se volvió amigo de estrellas de Hollywood para finalmente realizar en Nueva York la que parece fue su última jugada antes de pasar al retiro en alguna cárcel estadunidense de máxima seguridad: lograr que el juicio en su contra ayude a los hijos de su socio Ismael Zambada García.

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Contra toda probabilidad, poco más de 60 años después de haber nacido en un pueblo perdido llamado La Tuna, Guzmán Loera se convirtió en una celebridad durante la vida cotidiana del actual invierno de Brooklyn, donde fue enjuiciado y encontrado culpable de una decena de delitos relacionados con el uso de armas de fuego, el lavado de dinero y el narcotráfico.

De hecho, buena parte de la vida de este hombre que no terminó de estudiar la primaria ha girado en torno a lo improbable. Para empezar, el considerado máximo capo del narcotráfico en el mundo es conocido como El Chapo, un apodo que en su natal Sinaloa es sinónimo de pequeño.

Además de ser un criminal, este sucesor del capo colombiano Pablo Escobar en el imaginario —una parte mitológica, otra real— del narcotráfico latinoamericano, ha sido un cuantioso productor de fantasías en un país como México donde la realidad logra tener más imaginación que la ficción.

EL INICIO

Todo empezó en su juventud, cuando fue enviado a traficar drogas a Mexicali. En aquellos años 80 en los que Ronald Reagan lanzaba su cruzada contra las drogas, El Chapo retomó una vieja estrategia de los contrabandistas chinos de principios del siglo pasado, que usaban un largo y extendido sistema de pasadizos subterráneos de la ciudad fronteriza para mover opio y alcohol entre México y Estados Unidos, el cual es conocido como La Chinesca. Esta idea de usar túneles volvió con el paso del tiempo a Guzmán Loera en un innovador del negocio al que se dedicó desde niño.

Pero su lanzamiento a la fama nacional ocurrió en 1993, cuando sus acérrimos rivales, los hermanos Arellano Félix, en el afán de asesinarlo, mataron por equivocación a Juan Jesús Posadas Ocampo, un influyente cardenal de la Iglesia católica.

Meses después de aquel extraño accidente, Guzmán Loera, aunque fue detenido en Guatemala, acabó siendo presentado en México sin que mediara proceso formal alguno entre un país y otro. Tal acto de traslación fue resultado de un viejo truco mexicano (y al parecer guatemalteco): la corrupción.

En 2000, cuando México seguía celebrando la llegada de la alternancia con el triunfo de un partido distinto al PRI en las elecciones presidenciales, El Chapo arruinó los festejos al convertirse en noticia de ocho columnas tras escapar del penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco.

A partir de ese momento su leyenda se forjó con mayor vértigo: lo mismo personas de Oaxaca o de Ciudad Juárez decían que acababan de verlo comiendo en tal o cual restaurante, o bien, que había ido a un baile de música norteña en Tijuana o que estaba departiendo con mujeres en un bar de Cancún. Cada día que pasaba sin ser recapturado se reforzaba alrededor de su figura un halo de omnipresencia que lo convirtió en un personaje aspiracional.

Sin embargo, el personaje también iba dejando a su paso una estela de sangre y destrucción, alentada por políticas populistas en materia penal, como la que lanzó el ex presidente Felipe Calderón bajo el nombre de Guerra del narco, con el fin de conseguir gobernabilidad.

Dicha estela de dolor abarcó también a la familia de El Chapo, luego de que su hermano Arturo fuera asesinado en el penal de Almoloya y su hijo Édgar en una céntrica plaza de Culiacán. Fue justo en el funeral de este joven de 22 años cuando sentí que estuve más cerca de conocer en persona al capo, quien cubrió con 50 mil flores el lugar donde velaban a su hijo. El hecho acabó en una crónica que publiqué en MILENIO Diario y luego retomó el cantante Lupillo Rivera para componer una canción bastante desafinada.

Pasaron varios años para que Guzmán Loera fuera recapturado por fin. Incluso el PRI ya había regresado a la Presidencia. Su detención no estuvo exenta de esos detalles que parecen inverosímiles pero no lo son, como el de que horas antes había logrado escabullirse de las autoridades a través de un túnel oculto en el baño de su casa de Culiacán, el cual conectaba su residencia con el sistema de alcantarillado, o que para entrar al hotel de Mazatlán donde finalmente fue aprehendido se puso peluca y se subió a una silla de ruedas para pasar como un anciano enfermo.

Tras esta detención, parecía que al fin concluía la historia de un fugitivo que había marcado el primer cuarto de siglo de México…

Pero al año siguiente, El Chapo daría un nuevo giro de tuerca al fugarse ahora del penal de máxima seguridad de Almoloya mediante un túnel construido justo debajo de su celda, donde lo esperaba una motocicleta enrielada para poder recorrer de forma rápida el kilómetro y medio de distancia subterránea que lo separaba de su libertad.

Luego de esto parecía que El Chapo había llegado a su límite de producción de situaciones inverosímiles, cuando aparecieron en escena el actor Sean Penn y la actriz Kate del Castillo.

No pasó mucho tiempo para que Guzmán Loera fuera detenido después de nueva cuenta y, contra todo pronóstico, acabara siendo extraditado a Estados Unidos justo un día antes de que Donald Trump asumiera la presidencia, como si se tratara de una especie de ofrenda diplomática para el político que nos quiere hacer pagar por el muro que El Chapo y su ralea han cruzado por debajo de la tierra todos estos años.

Ya en Nueva York, El Chapo siguió alimentando su mito, ahora concretando un pacto hecho con su socio El Mayo, para permitir que la colaboración de la familia Zambada con las autoridades estadunidenses en el juicio contra él, ayude a que Serafín y Vicente, los hijos de Zambada, aminoren los problemas que enfrentan con la justicia de aquel país.

Claro, todo a cambio de que El Mayo ayude a que los vástagos de Guzmán Loera mantengan una buena parte del negocio que formó su padre en México.

Otro compromiso de Zambada es el de concretar la película sobre El Chapo, la cual ya tiene hasta escrito un guión, aunque con el tipo de vida del protagonista, el final de la historia aún puede ser reescrito.

 

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