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No olvidemos a los que se nos han adelantado

ACTITUDES

Rafael Robles Flores

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La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos.” Antonio Machado

La primera situación que me hizo reflexionar sobre mi naturaleza mortal fue a los 11 años de edad cuando un amigo y compañero de escuela fue atropellado fatalmente mientras conducía su bicicleta rumbo a la secundaria. Me di cuenta que algún día falleceré y provocó en mí miedo e incertidumbre. A esa experiencia vinieron los decesos de los abuelos y tíos. Hace 15 años falleció mi primer hijo a los 2 años de edad y mi mamá tuvo un accidente automovilístico fatal hace 8 años.

Cada uno de nosotros hemos tomado conciencia  sobre la dimensión de la muerte a través de los decesos de familiares y amigos. De ahí que el día de muertos genera diversas emociones y sentimientos al conmemorar a nuestros fieles difuntos.

Uno empieza a pensar la vida cuando se da por muerto. Hablando por boca de Sócrates, Pla­tón dice que filosofar es “prepararse para morir”. Es precisamente la certeza de la muerte la que hace la vida algo tan mortalmente importante para nosotros. Todas las tareas y empeños de nuestra vida son formas de resistencia ante la muerte, que sabe­mos ineluctable. Es la conciencia de la muerte la que con­vierte la vida en un asunto muy serio para cada uno, algo que debe pensarse. Algo misterioso y tremendo, una espe­cie de milagro precioso por el que debemos luchar, a favor del cual tenemos que esforzarnos y reflexionar. Si la muerte no existiera habría mucho que ver y mucho tiempo para ver­lo pero muy poco que hacer (casi todo lo hacemos para evitar morir) y nada en que pensar.

En el fondo, la muerte sigue siendo lo más desconocido. Sabe­mos cuándo alguien está muerto pero ignoramos qué es morirse visto desde dentro. Creo saber más o menos lo que es morirse, pero no lo que es morirme. Algunas grandes obras literarias como el incomparable relato de León Tolstói “La muerte de Iván Illich” o la tragicomedia de Eugéne Ionesco “El rey se muere” pueden aproximar­nos a una comprensión mejor del asunto, aunque dejan­do siempre abiertos los interrogantes fundamentales.  Sin embargo, el dato más evidente acerca de la muerte es que suele producir dolor cuando se trata de la muerte aje­na pero sobre todo que causa miedo cuando pensamos en la muerte propia. Algunos temen que después de la muer­te haya algo terrible, castigos, cualquier amenaza desco­nocida; otros, que no haya nada y esa nada les resulta lo más aterrador de todo. Aunque ser algo no carezca de incomodidades y sufrimientos, no ser nada parece todavía mucho peor.

De modo que la muerte nos hace pensar, nos convier­te a la fuerza en pensadores, en seres pensantes, pero a pesar de todo seguimos sin saber qué pensar de la muer­te. Nuestra recién inaugurada vocación de pen­sar se estrella contra la muerte, no sabe por dónde entrarle. Así que la muerte sirve para hacernos pensar, pero no sobre la muerte sino sobre la vida. Como en un frontón impenetrable, el pen­samiento despertado por la muerte rebota contra la muerte misma y vuelve para botar una y otra vez sobre la vida. Más allá de cerrar los ojos para no verla o dejar­nos cegar estremecedoramente por la muerte, se nos ofre­ce la alternativa mortal de intentar comprender la vida. Y quien logra comprender la vida tendrá mejores oportunidades de desarrollo integral en su existencia. Usted, ¿qué piensa?

 

Twitter: @rafaelroblesf

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