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Luna que se quiebra…

Bitácora a vuela pluma

 

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Luis Rey Ballesteros López

 

Una larga noche de infausta ronda se ha tendido sobre el país. La nota roja domina las crónicas, así como las pláticas en todo tipo de entornos y ambientes.

El país de las cruces y cenotafios a la orilla de las carreteras diseñó ejecutómetros para marcadores de última generación. Escrutar sus datos es hundirse en arena movediza; preferible ha sido agarrarse a la cuerda del sentido de negación, mirar y caminar hacia otro lado, como espeleólogos en escapismo hacia ningún lugar.

Asistimos aterrorizados al desfile de eventos: fosas comunes o clandestinas, desapariciones forzadas, homicidios (con un creciente componente de feminicidios), levantones, retenes no oficiales, secuestros clásicos o exprés, cobros de piso, robos al por mayor, todo en un trasfondo de impunidad. La violencia ciega, en los lugares más insospechados, obliga a revisar el catálogo de las atrocidades para tratar de describirla. Por si fuera poco, el huachicoleo es una conexión en T sobre la yugular de nuestra nación… por ella se escapa el oro negro a borbotones.

Frente a ello, ahora como nunca cobran relevancia y sentido de oportunidad las formas de organización de la sociedad civil con fines de filantropía y ayuda al prójimo, en sus distintas vertientes. Ser parte de ellas fomenta un estrechamiento de lazos comunitarios, identificación de intereses mutuos y, sobre todo, contribuye a levantar la moral respecto a que un mundo mejor es posible. La participación en estas organizaciones ciudadanas permite asociarse entre pares para tejer desde ahí una red tendida hacia su comunidad.

La repetición cíclica de actividades ayuda a mantener bien aceitados los engranes humanos, operativos y logísticos tendientes a generar aportaciones y apoyos a muy distintos beneficiarios. La certeza de su existencia se vuelve aparición en los momentos de apremio, es garantía para hacer sentir a los más vulnerables que “importan”; ese simple hecho previene o contrarresta en algo el sentimiento de abandono y desesperanza, causas del rencor social que a veces encuentra un caldo de cultivo fértil en ese sector poblacional.

Las organizaciones para la conservación del patrimonio cultural. aquellas que defienden  la dignidad y bienestar animal, al igual que las enfocadas en la preservación del medio ambiente son suelo de pradera que contiene el avance de abrojos y cardos.

Las organizaciones ciudadanas dedicadas a proveer alimentos, vestido, calzado, educación y medicinas para los más necesitados y relegados es una emergencia que demanda una didáctica de concientización distinta; dicta participar en la medida de nuestras posibilidades sin dilaciones. Es cosa social, pero también de políticas públicas bien aterrizadas. Una suma y entrecruzamiento de voluntades es vital, impostergable. Esto requiere la existencia de gobiernos abiertos, a nivel municipal, estatal y federal.

Contra lo que algunos pudieran pensar, en México no existen demasiadas organizaciones de la sociedad civil (OSCs), como se comprueba en la siguiente fuente citada, misma que aunque no es del todo reciente sí proporciona un comparativo y datos relevantes:

https://www.animalpolitico.com/blogueros-el-dato-checado/2013/07/07/ciudadania-apartada/

“Las cerca de 35 mil organizaciones de la sociedad civil que hay en México es un número menor que en otros países, pues acorde con la investigadora y activista Mónica Tapia, en Brasil hay 200 mil; en Colombia 135 mil, y en Estados Unidos, un millón. La sociedad civil organizada es vista con recelo por parte del gobierno. No ha promovido la asociación. Un indicador son las donatarias autorizadas. En 1995 había 1 mil 400 organizaciones donatarias, para 2002 había 5 mil 700, y casi 10 años después, en 2011, había 5 mil 300.”

Las campañas de donación y recaudación para causas específicas, el fomento a la cultura, las artes, las ciencias, el impulso a becarios, los mecenazgos, la difusión de los activos locales, regionales o nacionales, todo ello es reflejo de esfuerzos ciudadanos, con o sin respaldo gubernamental y empresarial. Aceitan resortes, son catalizadores de solidaridad. Ahí están, como llamados constantes, expectantes. Hay quienes no bajan banderas, persisten, resisten, insisten, luchan sin reposo, animados por metas de bien colectivo. Se acerca diciembre, es inimaginable sin ellos y ellas. ¡Salgamos a su encuentro! Mejor aún… ¡seamos parte de ellos!

No hay precio para las extasiadas miradas de niños de sectores vulnerables al abrir un regalo entregado por su colectividad. Tampoco lo hay para quienes reciben como obsequio sus semblantes de agradecimiento. A fin de cuentas, ese es uno de los significados primordiales de diciembre: él toma y daca de corazón a corazón.

Buena parte de los integrantes de organizaciones filantrópicas son niños agradecidos que hoy, como adultos, reintegran a su comunidad el placer de dar desde un recibir cobijado en el recuerdo de los años más tiernos. No se trata del pago de ninguna hipoteca; es cooperación para un seguro de cobertura amplia, es decir, social. Si el dinero es esfuerzo, convirtámoslo en espíritu de tequio, por el bien personal y de nuestra comunidad. Irradiar esto hasta hacerlo pensamiento colectivo hará florecer sonrisas infantiles, distender ceños fruncidos e iluminar miradas adultas, así sea a través de sus carnosidades y cataratas nubladas por la precariedad.

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