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“Pentagramas”

Bitácora a Vuela Pluma

Luis Rey Ballesteros López

CAMINO REAL PORTADA SEPT

La sensible alma del jalisciense José Pablo Moncayo recrea murmullos suplicantes, rezos y procesiones, a la par de alegrías delirantes del México rural posrevolucionario; los deja atrapados para siempre en Tierra de temporal (1949). https://www.youtube.com/watch?v=XHgCHSRhSME

Dos décadas antes el país había tratado de reencauzar rumbo institucionalizándose. El México temporalero, también de canales, acequias o apantles mostraba su clara vocación agropecuaria. La obra manifiesta fielmente las cotidianas jornadas de gallo a grillo, las vicisitudes y penurias de campesinos sujetos a inminentes caprichos climáticos, épocas de vacas flacas y surcos marchitos. También se perciben las esporádicas épocas de bonanza y cosechas abundantes. Sobre todo, el compositor captura, incluso cultiva, el prodigioso acopio de esperanza, paciencia y fe, pilares del espíritu de labranza que invoca a las salvadoras lluvias de mayo.

Se evoca la campiña, un árbol en su centro, el itacate o lonche dentro de un morral de ixtle colgado en una de sus horquetas. Todo ello lo captaron también los pintores y muralistas al retratar campos labrantíos.

Tierra de Temporal fue retomada por Guillermo Arriaga, miembro de la Academia de la Danza Mexicana del Instituto Nacional de Bellas Artes. Así nació el ballet Zapata, estrenado el 10 de agosto de 1953 en el Teatro Nacional Estudio de Bucarest, Rumania, en ocasión del IV Festival Mundial de la Juventud. Rocío Sagaón fue la bailarina a cargo del papel de la Madre Tierra del caudillo (personificado por Guillermo Arriaga) que vivió y murió bajo la consigna de luchar por “Tierra y Libertad”.

En el agro mexicano, la Revolución Verde se instaló de lleno a partir de los sesenta. El trigo enano, una nueva variedad, permitió triplicar el rendimiento por hectárea. Las cuestiones ecológicas circundantes serían temas por abordar en el futuro.

La Hora Nacional tuvo durante muchos años a Huapango (del mismo compositor) como cortinilla, replicando las vibraciones de un país que al llegar los setenta se volvería predominantemente urbano.

En 1994, el México urbano encontró su caja de resonancia en la creación del sonorense Arturo Márquez, especialmente su Danzón No. 2. Los salones de baile de la Ciudad de México, las visitas a Veracruz, los claroscuros de una nación en tránsito hacia un nuevo siglo y milenio, el sentido de deuda con los originarios, las fuerzas sociales acumuladas, todo se confabuló para que el compositor diera testimonio musical de la osadía del levantamiento zapatista en plena consolidación de la globalización uniformadora. Los compases potentes y sutiles a la vez, preámbulo de cambios en gestación, habrían de sacudir algo más que las formas musicales. Anunciaron, por otra parte, el largo parto de un México presa de los estertores propios del fin de un régimen de partido de Estado, incapaz de contener los nuevos protagonismos y voces crecientemente rebeldes ante el orden de cosas establecido.

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