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Un ingeniero X

Bitácora a Vuela Pluma

Luis Rey Ballesteros López

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El último gran ascenso laboral, acompañado por un coincidente aumento de peso, nuevas responsabilidades al amparo de su firma estampada en montañas de papeles con premura inhumana, a veces para asuntos comprometedores, inclusive monstruosidades respecto a las cuales no tenía vela en el entierro. Eso, más la ausencia de dotes para hacer amarres políticos y sus consiguientes redes de protección o para allegarse cercanía con equipos avezados en tejes y manejes de la política estatal y paraestatal, terminó por desajustar válvulas, ritmos y mecanismos en la presión cardíaca del esforzado ingeniero. La joroba incipiente daba fe estructural de los pesos soportados, sobre todo en su vida laboral.

Por si fuera poco, las mentadas de madre originadas por cualquier apagón en la red eléctrica, en parte bajo su supervisión, también hicieron mella. La gente no tenía idea de lo que era lidiar con la administración de una empresa aquejada por las deudas y el aumento de los combustibles, amortajada para ser rescatada por resucitadores provenientes de esta y otras latitudes.

No le resultaba menos tenso elegir a quiénes desemplear. Decidirse era un verdadero tormento. Lleno de aprensiones y remordimientos investigaba tan a fondo como fuera posible la vida familiar de ellos. Trataba de conservar los puestos de trabajo para los casados, pero también estudiaba el caso de los solteros que ayudaban a otros miembros de su familia. Otras ocasiones, de plano, decidía al “tin marín de do pingüé”. El adelgazamiento de plantilla se entendía como “recorte”, al final como “despido”, la última fase del eufemismo. ¡Ah, si tan sólo hubiera tomado cursos para despedir sin tantos miramientos!, ¡su corazón se lo habría agradecido!

Así fue como nació un corazón difusor de electrocardiogramas con picos y frecuencias disparados. Detrás del horizonte, la jubilación se anunciaba en el difuso mástil del barco liberador. Al lado de éste se perfilaba también la silueta ominosa de otra nave. Ambas avanzaban a velocidades similares hacia él.

A falta de padre, una madre buena, abnegada, sacrificada, visionaria, lo crió y encarriló para hacer siempre el bien, ser cumplido a carta cabal e íntegro. Como rara avis, hizo de las enseñanzas maternas su plan de ruta inalterado. Así lo mostró en matrimonio y trabajo. Fiel, leal, esforzado como nadie, imprescindible, siempre presente; la continuación lógica de un chico que nunca se fue de pinta.

Respirar lento, a medio fuelle, evitando chispazos de vida demasiado intensos. Ya no estaba para fogonazos. Todo se volvió plan de supervivencia basado en una debida administración y mantenimiento, similar a lo prodigado a tantas máquinas bajo su responsabilidad. Alargar su propio tiempo de vida útil, gerenciarlo, mejorar insumos vitales, no desbocarse; tal era el protocolo contenido en su manual de lo cotidiano.

Su joven reemplazo esperaba, brioso, lleno de otros términos, técnicas y recetas, con un nuevo lenguaje bajo el brazo. Para él todo era un “read across” o implementación generalizada de metas. Despedir personal era un “downsizing” o adelgazamiento de plantilla, esbeltez de procesos; taylorismo puro transportado a un nuevo milenio, tropicalizado para un país y su nueva encrucijada.

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