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Mata de chiltepín 

Bitácora a Vuela Pluma

Por: Luis Rey Ballesteros López

C.R AGOSTO TOP

La maternidad: ala de cobijo, también ala ahuecada en vuelo de libertad.

La tupida mata de chiltepines de una vecina asombró a su hijo. Ausente casi todo el año, se encontraba en Guaymas visitando a sus padres. Fue tanto lo que le transmitió su mirada absorta en los frutos abundantes que la madre se hizo el propósito de plantar una para él. Pudo imaginar qué tan feliz lo haría cuando diera sus picosos frutos en el muy distante jardín de su hijo.

Tomó algunos chilitos, los envolvió en un pedazo de papel. Días después, cuando él ya había regresado a su lugar de residencia, empezó la esmerada y minuciosa labor de hacer crecer un almácigo. Esparció las semillas en hileras, con ánimo de nodriza amorosa por delante. Tras el abrazo de las semillas con la tierra, las regó por primera vez.

Dieron luego las doce del día, hora de empezar a hacer la comida. Así lo anunciaba el Ave María en la radio del puerto. Años antes en su amada Navojoa, el cotidiano ulular de la sirena del mercado municipal, también le anunciaba esa hora; regía el aumento de su ritmo diario. En los bordes de ese tiempo siempre encontraba ecos familiares de vida y asegurada permanencia en este mundo.

A esa hora, a corte de cuchillo, siempre hacía sonar las tablas de picar; rebanadas salían papas y verduras, machacados los ajos soltaban su esencia en martajada flor blanca. La piedra de moler, ahuecada en medio por cuatro décadas de uso constante, fiel, ritualista, salía y regresaba de y al cajón como parte de su constante aparición y salida a escena.

La mirada fija al cocinar se desdoblaba en tantos sentimientos como hijos; era un íntimo protocolo de materialización de su yo más interno, junto al fuego y los hervores. De cuando en cuando, explicables o inexplicables lágrimas furtivas se fundían con el vapor… nadie preguntaba, era un acto vedado a las preguntas.

Desoyendo viejas consejas, supo que con fe, paciencia, dedicación, esperanza y amor haría germinar las semillas. ¡Lo logró!

Vino luego el tiempo de desahijar; le escogió la plántula más fuerte.

Meses después, en la siguiente visita de su hijo lo sorprendió, su pequeña frondosidad era señal de que estaba lista para emprender el viaje en automóvil de regreso junto a él. Superó con éxito los cambios de clima y las peripecias del largo camino hasta llegar a su lugar de siembra.

Ella conocía perfectamente el significado de tener una planta tan representativa del terruño en un estado lejano. Era una conexión de vida y amor, picor de inigualable fuerza evocativa. Le fabricó un pedacito de Sonora, viviente para él; sería parte de su legado, así lo exigía el mensaje transmitido por sus fuerzas cada vez más desfallecientes.

Una barda de adobe, la resolana, las higuerillas, los acuyos vecinos, los cantos y revuelos de insectos barranqueños, la humedad parecida a la exhalada por un arroyo sonorense, todo se combinó con el cuidado de ese legado en manos de su hijo, a dos mil kilómetros de distancia y a dos años de la partida de su entrañable sembradora. Ahora, esa planta mide más de dos metros, saluda a la primavera, vibrante de flores, recreada por obra del eterno sol de un amor curtido en el semidesierto. De ella emana una paz tan silente y tierna como la que envuelve el regreso de una misa de gallo en la infancia.

Con la blancura de sus flores emula mantellinas junto a cirios pascuales de bamboleante llama.

Anida imágenes de colgantes lámparas chinas de papel, como lunas bajadas a la terrenal celebración navideña.

El lonche para el camino largo, la maleta para la vida, la caja atada con cobijo y sustento, con destino provisional en la panza de un autobús de pasajeros, viven en el rincón donde se enseñorea plácida la fecunda fuente de recuerdos.

En ocasiones el rocío de sus hojas se hermana con pupilas húmedas.

 

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