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Yucatán, peregrinos, Peregrina.

Bitácora a vuela pluma

Luis Rey Ballesteros López

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LEPETITE NOTAS 1

Jueves en la noche, Parque de Santa Lucía, Mérida. Los bares, restaurantes y antros están atestados, sobre todo por turistas del extranjero y de otras partes de México. Mientras tanto, como cada jueves desde 1965, en el parque se escucha la tradicional serenata, manifiesto vivo de la trova yucateca. Resulta notorio cuán difícil fue conseguir reservación para un restaurante caracterizado por su copropietaria y chef como “cocina mexicana de autor”. Ha logrado dar en el clavo, poner los platillos mexicanos, especialmente de Oaxaca y Yucatán, en una versión muy suya, conocedora del paladar de los extranjeros, con la debida graduación de picante y espesura, fiel al espíritu de la cocina mexicana, con una pizca impregnada del alma de su creadora, reflejada en la creatividad del menú y la oferta de bebidas mexicanas. La publicidad boca a boca, word of mouth, encuentra así su literalidad más fiel. El lugar planta en el visitante la semilla del regreso, es fuente de empleos que tiene el sabor creativo como divisa. La Mérida de hoy es un imán turístico, en él finca su vocación. Se puede ver el futuro como continuación lógica del presente, se piensa bilingüe. Se puede definir como bustling city o ciudad de mucho movimiento, a contrapelo del pausado acento de su gente.

Inopinadamente, surge en la mente la escena de exhaustos yaquis en la primera década del siglo pasado; miran este parque desde carretas con barrotes, los transportan desde su desierto sonorense hasta su triste destino de mano de obra esclava, apreciada por su fuerza y resistencia. Muchos han muerto en el camino. Incrédulos ven el esplendor del parque y edificaciones aledañas, obra de los encomenderos, primero, luego de la Casta Divina, formada por un puñado de hacendados del henequén, el oro verde de Yucatán.

El rasgo común de yaquis y mayas fue su denodada resistencia ante los afanes porfiristas por someterlos. Eso les acarreó represalias e incesantes operaciones para apaciguarlos. Sonora y Yucatán, sus originarios identificados por su resistencia ante los designios del porfiriato y su clase privilegiada corrieron suertes parecidas. El México Bárbaro de John Kenneth Turner recala en el pensamiento y la conciencia. Son pasajes de historia que al ser pensados no se digieren ni con el mejor Xtabentún[1].

Ahora, hordas de peregrinos atraídos por el poderoso imán de la exuberante belleza de la Península de Yucatán, su gran acervo cultural, prehispánico, colonial y contemporáneo, buscan devorar historia, cenotes, pirámides, mezcales, artesanías, guayaberas, comida, música… todo lo que esté a la vista. También hay quienes vienen por lo que no está tan a la vista, buscan emparejar su filosofía zen budista con los tintes místicos emanados del mundo maya. Muchos de ellos son seres saturados hasta el hartazgo por el corpspeak (lenguaje corporativo), términos como scalable (ampliable, redimensionable), seamless (sin transición, debidamente integrado (o “inconsútil”, diría alguien con raptos poéticos)).

Tampoco está a la vista el recuerdo del gran amor (sólo para iniciados) que se profesaron a inicios de los veinte la periodista y activista estadounidense Alma Reed y el entonces gobernador de Yucatán, Felipe Carrillo Puerto, sucesor del sinaloense Salvador Alvarado, quien a los 8 años fue llevado a vivir a Pótam, Sonora, en pleno territorio yaqui. Alvarado había iniciado una serie de reformas que incluían el impulso a los derechos de la mujer, por ejemplo, el del voto. Este último no logró concretarse en su mandato, pero el hecho de que haya tenido la apertura para cobijar el Primer Congreso Feminista de Yucatán en 1916 fue un parteaguas, principalmente en el movimiento sufragista. Elvia, la monja roja del mayab, hermana de Carrillo Puerto, fue una de las principales activistas, ligada indisolublemente a la lucha por el voto de la mujer en México, mismo que habría de oficializarse hasta 1953 en todo el país.

Alma Reed nació en San Francisco, California, en 1889. En 1913, a sus 24 años de edad, colaboró como periodista en el San Francisco Call bajo el seudónimo de “Mrs. Goodfellow”. Su columna semanal abordaba la problemática enfrentada por los sectores marginados de la región. Fue así como se puso en contacto con la comunidad mexicana de San Francisco. En ese contexto, sus escritos fueron clave para la defensa exitosa de Simón Ruiz, un menor de edad condenado a la horca. Con el apoyo de “Mrs. Goodfellow”, el joven salvó la vida. En agradecimiento por ello, el gobierno de Álvaro Obregón la invitó a su residencia oficial, ubicada entonces en el Castillo de Chapultepec. Su viaje en tren de Ciudad Juárez a la ciudad de México sola durante septiembre de 1922 fue toda una hazaña para la época. Ese viaje le permitió atestiguar las actividades culturales y artísticas derivadas de la Revolución Mexicana. En la Escuela Nacional Preparatoria, ubicada en el antiguo Colegio de San Ildefonso, conoció a José Clemente Orozco, quien entonces pintaba uno de sus murales. Ese fue un breve primer encuentro. Años más tarde ella sería su mecenas y promotora en Nueva York y otras ciudades de los Estados Unidos donde habrían de contratarlo para pintar murales. En una entrevista que le hizo el diario Excélsior, Alma señaló: “México debería ser la Meca de los artistas de todo el mundo: aquí cada objeto y cada escena es razón suficiente para el arte y la belleza”.

Su obra y éxitos periodísticos en San Francisco y México, le consiguieron que The New York Times la enviara de regreso a México a cubrir una expedición arqueológica a Chichén Itzá. Alma se dio cuenta de que Edward H. Thompson, el explorador de dicho sitio arqueológico había estado efectuando el saqueo de gran cantidad de piezas del fondo del Cenote Sagrado y las había enviado mayormente al Museo Peabody de la Universidad de Harvard y al Museo Field de Chicago. Consignó esta denuncia en su columna del New York Times, lo cual dio pie a que varias piezas arqueológicas fueran regresadas a México.

Con motivo de ese viaje su camino se cruzó con el del gobernador yucateco, conocido como “el dragón rojo con ojos de jade”, presidente del Partido Socialista del Sureste. No hay que olvidarlo, eran tiempos de efervescencia socialista, versión leninista, en la flamante URSS.

Se conocieron en Mérida en febrero de 1923. Fue amor a primera vista, como ella misma lo describe en Peregrina, mi idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto. Sobre él dijo: “El es mi idea de un dios griego”. Su amor a contracorriente de la moral de la época, los identificó y unió en torno a un apasionado compromiso con la causa de los marginados. Fue un amor fundado en la pasión, el intercambio intelectual, la afinidad política e ideológica y la fusión de la savia de los abetos con la exuberancia de la ceiba. Todo ocurrió tan rápido que Felipe se divorció de su esposa con la que había procreado cuatro hijos. Ella partió a San Francisco a preparar su vestido y ajuar de novia. Nunca se casaron, a él lo tomaron prisionero y fue fusilado el 3 de enero de 1924, junto con tres de sus hermanos y otras ocho personas. Sobre su malhadado sino gravitaron, además de los hacendados henequeneros, las figuras de los sonorenses Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón, Adolfo De La Huerta, constructores del México postrevolucionario. El Coronel Juan Ricárdez Broca, coronel sonorense menos conocido, fue quien lo aprehendió y estuvo al frente del pelotón de fusilamiento.

Tras la muerte de Carrillo Puerto, Alma se sigue dedicando a su labor periodística en otras zonas del mundo, como corresponsal del New York Times.

En 1928 establece su residencia en Nueva York, donde funda la galería Delphic Studios. Desde ahí promovió y apoyo a José Clemente OrozcoRufino Tamayo y David Alfaro Siqueiros ante el público e instituciones estadounidenses. Escribió la biografía de José Clemente Orozco, así como el libro “The Mexican Muralists”, entre muchas otras publicaciones. Con su pluma y acciones de mecenazgo logró impulsar el conocimiento del arte mexicano en los Estados Unidos.

En 1950 regresó a México para quedarse. En 1961 recibió el Águila Azteca de manos del Presidente Adolfo López Mateos, en reconocimiento a su amor por México y su trabajo de promoción, apoyo y difusión del arte mexicano. Murió el 20 de noviembre de 1966 en la Ciudad de México. Su última voluntad: que sus cenizas fueran enterradas cerca de la tumba de Felipe Carrillo Puerto, en el Cementerio General de Mérida. Ahí yacen, frente a la tumba de su amado.

La tarde en que nació Peregrina:

“Por la tarde había llovido, y al cruzar por la barriada del suburbio de San Sebastián, la vegetación y la tierra recién humedecidas por el aguacero exhalaban esa penetrante fragancia que les es peculiar en tales casos. Alma aspiró profundamente aquel perfume, y dijo: “qué bien huele”, y yo, por gastarle una galantería le repliqué: “Sí, huele porque usted pasa. Las flores silvestres se abren para perfumarla…”. Carrillo Puerto dijo al punto: “Eso se lo vas a decir a Alma en una poesía”. No, le repliqué yo, se lo diré en una canción. Y en efecto, en esa misma noche hice la letra y al siguiente día vi a Ricardo Palmerín  y se la entregué para que le pusiera música. Así nació la Peregrina”.

De esta manera narró el poeta Luis Rosado Vega el contexto que dio origen a una de las canciones más hermosas surgidas de la trova yucateca.

Otras famosas parejas de enamorados de esa misma década, María Antonieta Rivas Mercado y José Vasconcelos, Nahui Olin y el Dr Atl, Lupe Marín y Diego Rivera, no se confabularon con un músico y un poeta para eternizar su amor por obra y gracia del arte brotado en una tarde romántica con olor a tierra mojada, acuñado casi 50 años después como petricor, que en griego significa algo así como piedra impregnada del fluido que corre por las venas de los dioses.

* Licor de origen maya, que se produce en el estado de Yucatán, a partir de miel de abejas alimentadas con la flor del xtabentún, similar al anís.

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