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Tentados

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto, donde permaneció cuarenta días y fue tentado por Satanás”.

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Marcos: 1,12-15

“Una vez más nos sale al encuentro la Pascua del Señor”, nos dice el Papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma 2018. La razón de ser de este tiempo litúrgico es prepararnos para vivir la Pascua del Señor y… la nuestra. ‘Cuarenta días de esperanza’ leí, hace días, a propósito de este tiempo. La esperanza es ingrediente indispensable de la Pascua y de la conversión. Es “la posibilidad de volver al Señor con todo el corazón y con toda la vida”, dice el Papa Francisco.

Entramos en este tiempo de gracia con la esperanza de ascender al Monte Calvario donde está plantado el árbol de la cruz gloriosa y la piedra del sepulcro de todos los hombres ha sido quitada el día de la Resurrección. La Pascua del Señor es la plenitud de toda esperanza. Es el único ‘monte’ desde donde se puede mirar con claridad el horizonte final/total de la creación y de Tno hay conversión y ésta no tiene sentido si carece del dinamismo de la esperanza. El tiempo de Cuaresma es la oración intensa que hacemos durante cuarenta días para que el Señor “tenga piedad de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”.

Convertirse es creer en Jesús, volver a centrar la vida en Él, ya no en nuestros asuntos; es dejar que los valores de su Reino (¡venga a nosotros tu reino!) transformen el mercado de bienes materiales al que hemos reducido el sentido del vivir. El tiempo de Cuaresma es la gran oportunidad para volver a casa, al hogar de los hijos de Dios de donde nunca debimos haber huido, al hogar de la fraternidad. Vivirla a profundidad es condición indispensable para desterrar las violencias e inseguridades que truncan la esperanza de tantos peregrinos.

En el evangelio del primer domingo de Cuaresma escuchamos cómo Jesús es impulsado por el Espíritu al desierto donde fue tentado por Satanás. Allí, no sin luchas, toma la decisión de cumplir su misión: hacer la voluntad del Padre.

La tentación del hombre de todos los tiempos es pretender quedarse en la tierra, no subir al ‘monte’, arrinconarse en sus cosas, negarse a ser hombre en ruta, en éxodo. Vivir bien la Cuaresma es dejarse impulsar por el Espíritu al desierto. Allí, en el silencio, la austeridad y la escucha, vamos a encontrar la verdad de la vida para el más acá y el más allá.

Dejemos que el Espíritu nos guíe en el desierto cuaresmal y venzamos la tentación de la apatía.

Nota:

El desierto también existe en la ciudad.

Oro por ustedes para que les sirvan los ángeles.

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