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Las novelas que buscan abarcar al mundo contemporáneo

ESPECIAL. Mar. 12.- La primera de las tres partes que componen Trilogía de la guerra, de Agustín Fernández Mallo (novela ganadora del Premio Biblioteca Breve de este año), transcurre en una isla gallega, la ciudad de Nueva York y la costa de Uruguay. Los ángulos del triángulo están unidos por un narrador simbolista, que conecta brillante y poéticamente todo lo que va viendo, leyendo y viviendo en su deambulación transatlántica.

Dijo Walter Benjamin que perderse en una ciudad como quien se pierde en un bosque requiere de un cierto aprendizaje. Fernández Mallo ya practicó el arte de la deriva global en su Proyecto Nocilla (que Farrar, Strauss and Giroux publicará en enero de 2019 en los Estados Unidos).

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Reincide, con una fórmula más narrativa, en un libro que viaja de la guerra civil española al desembarco de Normandía, pasando por las redes de la migración republicana o la guerra de Vietnam. Un libro que sobrepasa, de hecho, la estratosfera, pues el protagonista de la segunda parte fue uno de los cuatro astronautas que viajaron a la Luna (no sale en las fotos porque era él quien las hacía). Desde allí nos vio borrosos: no con la nitidez de nuestra cotidiana pantalla satelital.

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También Fractura, la nueva novela de Andrés Neuman, narra nuestro mundo globalizado. A través de los puestos en una multinacional que asumió a lo largo de su vida el señor Watanabe —ahora jubilado en su Japón natal—, el libro retrata mediante cuatro miradas femeninas las ciudades de París, Nueva York, Buenos Aires o Madrid. Recuperando la ambición de su extraordinaria El viajero del siglo (Premio Alfaguara, 2009), donde encontrábamos concentradas las tensiones del nacimiento de la modernidad, el escritor hispano-argentino no se conforma con dibujar un mapamundi, también resume la historia de la segunda mitad del siglo XX.

Y lo hace, al igual que Fernández Mallo, a través del dolor y del trauma. Pero mientras que este opta por las guerras, Neuman pone el foco de una suerte de “memoria general de las hecatombes”, que va desde Hiroshima hasta Fukushima, los dos extremos de la vida del protagonista. Como si la conciencia histórica del siglo XXI no pudiera desligarse de una conciencia espacial expandida. Porque también en otras novelas muy destacadas de los últimos años encontramos exploraciones paralelas del mundo y de las capas temporales que lo sustentan.

Así, en Museo animal, del escritor costarricense afincado en Londres Carlos Fonseca, las tramas se van ramificando hasta conectar, a través de las últimas cuatro décadas, Nueva York, España o Israel con Puerto Rico o con el México del Subcomandante Marcos. Y en Hermano de hielo, de la artista y escritora catalana Alicia Kopf, asistimos a una ampliación brutal de la perspectiva, pues la historia personal de la protagonista y sus viajes (Londres, Madrid o Islandia) son contrapunteados por fragmentos de historia de la exploración polar y de física y metafísica de las grandes masas de hielo.

En las cuatro novelas encontramos alguna forma de cosmovisión. Dice un personaje de Fernández Mallo: “Todos los humanos, por lejanos y desconocidos que seamos, estamos unidos por alguna guerra”. Leemos en Neuman: “Nada pasa en un solo lugar, piensa entonces, todo pasa en todas partes”. Escribe Kopf: “Secretamente, siempre he pensado que todas las piscinas del mundo se comunican”. Y en la novela de Fonseca encontramos un aleph, un collage artístico que resume el mundo “un tablero de corcho repleto de composiciones periodísticas que le hicieron pensar en las series de detectives que solía ver de niña”, donde había “decenas de notas periodísticas sobre asuntos de alcance global, que la mujer parecía haber intervenido minuciosamente”.

En estas cuatro ficciones globales que pongo en diálogo —y no creo que sea casual— la propia forma de la novela se metamorfosea para generar una estructura capaz de soportar el peso del mundo contemporáneo y de su historia.

Fonseca habla de “devolver la novela a la escala de los astros: trazar novelas de múltiples capas, novelas que el lector pudiera leer como se lee el paso del tiempo sobre la superficie de las piedras”. Y Fernández Mallo escribe acerca de una narrativa que responda a un “modelo de capas: no procedía por zonas del parque, sino que cada día contaba algo general y referente a su totalidad, relato que se superponía a lo contado el día anterior, y así sucesivamente”. Pero ni el uno ni el otro atribuyen esas palabras al narrador, sino a personajes secundarios, los alter ego porque, al parecer, la sombra del Morelli de Rayuela es alargada.

La explosión de la tendencia invita a explorar genealogías. Cuando en 2005 se publicó La novela luminosa, obra maestra y póstuma del escritor uruguayo Mario Levrero anclada en Montevideo, acabábamos de leer 2666, la obra póstuma del escritor hispano-chileno Roberto Bolaño, ambientada entre Europa y México. Cada uno de esos dos faros fluorescentes iluminaba sendas vías complementarias: la local y la internacional.

Esta ya había sido transitada, durante las décadas anteriores, en nuestra lengua por Enrique Vila-Matas, Juan Goytisolo o Julio Cortázar; y en otros idiomas por autores como Cees Nooteboom, J. M. Le Clézio, Patrick Deville, Jenny Diski o William T. Vollmann, quien en 1996 publicó un libro de relatos magnético y emblemático, que acaba de publicar en español la editorial Pálido Fuego, titulado precisamente El atlas.

Si el modernismo convirtió la metrópolis en el topos central de la producción literaria, buena parte de la posmodernidad, la encarnada sobre todo por escritores viajeros, creyó en cosmópolis, recuperando el modelo universalista de grandes novelas del siglo XVIII y XIX como Robinson Crusoe, Moby Dick o Frankenstein (que, como recuerda Kopf en su novela, comienza y acaba en el Polo Norte).

Un modelo que está, consciente o inconscientemente, inspirando buena parte de la narrativa más destacada de estos momentos (pienso en las ficciones viajeras de la canadiense Rachel Cusk, la estadounidense Rachel Kushner o la francesa Maylis de Kerangal). Un modelo que tiene todo el sentido del mundo en nuestra era de bajo costo transoceánico, traducción automática y Google Earth.

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