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A pie

Luis Rey Ballesteros López

Cruzar las vías, adentrarse en la Colonia Rosales, esta vez a pie, después de no hacerlo así en décadas es descubrir la ausencia del sonido de la tierra hollada, no existe más, el pavimento lo sepultó bajo el apisonamiento de la modernidad y el progreso. Ya no hay comunicación directa entre tierra, suelas y tímpanos.

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La primera cuadra, colindante con las vías, me recibe con un pleito entre pubertos. El código inalterado de honrar el tiro cantado continúa. La palomilla los azuza. Intervenir para evitar la pelea es como tratar de luchar contra la naturaleza; me ignoran como se ignora a un fantasma transparente. Trenzados, terminan por desahogar la rencilla. Así no queda espacio para vendettas, supongo.

Los taniches no existen más, se llaman tiendas. Los viejos se han estado yendo, con ellos algunas de las palabras antes tan vivas. Una pareja de vecinos, entrados en sus ochenta, sentados en su porche me dicen: aquí seguimos, vemos pasar los días, sabiendo de muertos más jóvenes, los de nuestra generación se nos adelantaron casi todos, cualquier día es nuestro turno. Su porche, antes siempre abierto, está cubierto de herrería, tan común ahora, signo de tiempos más inseguros. Una puerta ya no basta, hoy debe tener armadura, coraza… se vive más apertrechado.

El caminante adulto busca en la mirada de los niños que juegan fútbol en la calle algún código compartido. Son las inmediaciones del Canal de las Pilas. Hasta ahí llegan los pasos que recorren, de la Pesqueira a la Francisco I. Madero, épocas tan extintas como las melcochas de Doña María, los cuetes de Prajediz, los pirulines de Felipe.

Entre tantos cambios, es muy notorio, algunos destinos familiares cruzaron las vías del tren, hacia el otro lado de la ciudad, otros migraron de ciudad.

Apenas se alcanzan a notar parches de lo que era un tanto rural.

En la memoria aparecen los vacíos carretes en el patio de los Islas Ibarra, remanentes de los tendidos telefónicos de lo que entonces era Teléfonos de México como empresa pública. Ahí nació una dinastía de trabajadores telefonistas. Eran tiempos del Pájaro Madrugador, satélite insignia de los grandes saltos en las telecomunicaciones. Junto a los carretes solía haber pacas de alfalfa forrajera; apiladas eran un formidable campo de juegos y escondite. También era común ver haces de plantas de ajonjolí dispuestos en forma de tepis apaches para su secado. A la larga, en esa familia, como en tantas otras, se impuso la economía de servicios sobre la agropecuaria.

Todo quedó en el fabulario del érase una vez, incluida una polvorienta escena. A la orilla del canalón alguna vez llegó una draga. La corriente fluía obstruida por la acumulación de lodo y desperdicios. Afortunadamente todavía no existía tanto plástico ni pañales desechables (¡benditas zapetas!). ¡Habrase visto semejante maquinota! De ella descendieron operadores tozudos, rudos. De inmediato se pusieron manos a la obra. Varias horas después tenían lomas de fango y la admiración de muchos mirones. Unas hermosas jovencitas en shorts habían captado la atención de los operadores. En una pausa se les acercaron, las invitaron a subir a la cabina de control, también a pasearse en la almeja mecánica o cuchara bivalva. Antes le habían quitado un poco de fango. Embelesadas, se vieron paseadas por los aires sobre el canalón. A su lado, por turnos, los trabajadores calmaban sus exclamaciones de susto con probables besos y abrazos. La escena de hombres rudos con mujeres tiernas teñía el ambiente de sorpresa e incredulidad. Fulanita y zutanita, tan decentes, parece que se están besuqueando con esos hombres– dijo una vecina. Lo que era una operación de dragado y desazolve se convirtió en un lance de redes que atrapó sirenas y las unió con faunos de piel color barro. Así pareció ante la moral de la época.

Se fue la draga, desaparecieron las lomas de lodo por obra de los elementos y el paso del tiempo; la mancha sobre la reputación de las dos chicas tal vez tardó más tiempo en desaparecer.

El recorrido de ida terminó en casa de mi tía Irene. Allí, en su sala, el sombrero de mi difunto tío Franky sobre el perchero daba fe de tantos encargos vespertinos: tráeme unos Del Prado sin filtro, mijito. El mismo sombrero, la misma abnegación a su recuerdo presente en el lugar más central de la casa. Asado de res con tamales de frijol yorimuni, café, una plática aderezada de nostalgia, luego era tiempo de regresar a la Pesqueira.

El camino de regreso al centro, también a pie, me trajo muchos recuerdos, entre ellos el de quien encarnó el verdadero, esencial espíritu de enseñar dentro y fuera del aula: la profesora Anastasia Castrejón, Tachita. Ella me enseñó las primeras letras y las normas de urbanidad. Era la Directora de la “Escuelita del Padre” (Colegio Católico San Estanislao de Kostka), en tiempos en que todavía no entraba de lleno el germánico kindergarten (kínder) y en los que iba de salida el término parvulito. Cierta mañana, camino al colegio, me tocó ver cómo subían grandes bultos de blancos o algo similar a una extraña camioneta cerca de mi casa. Por primera vez no había visto a mi hermana mayor al salir. Eso bastó para establecer una asociación de hechos… todo puede pasar en la imaginación de un niño de seis años. En plena clase solté el llanto ¡había caído en cuenta! Tachita escuchó mi historia, se preocupó. Dejó encargado al grupo con alguien más, me llevó caminando a mi casa, no sin antes darme una gran paleta de limón para atemperar la pena y refrescar el trayecto bajo el solazo. Al llegar le dijo a mi madre:Socorrito, traigo a tu niño chille y chille, dice que se robaron a su hermanita. Mi madre le explicó que había llevado a mi hermana a unos análisis médicos, por eso no la había visto, todo estaba bien. No se debe meter tanto miedo a los niños con historias de robachicos – le contestó, además de darle otras recomendaciones en tono suave y cordial. El trato y manejo de crisis fue ejemplar, pensé, absorto en el recuerdo y la gratitud.

Antes de cruzar las vías de regreso, un gato atrincherado en su enrejado (la herrería, de nuevo) se dejó fotografiar, mientras la estela color rosa atardecer de un jet enmarcaba el cielo. A lo lejos se escuchaba el inquietante retumbar de los antes inexistentes narcocorridos.

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