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Duelo en el agua

Bitácora a Vuelapluma

Luis Rey Ballesteros López

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ENI MAYO TOP

Cantos en lengua mayo, evocados murmullos de ramas espinosas al tallarse, rezos, gritos, acompasados rasgueos de raspador sobre bule sumergido; señales inequívocas de que el mundo podría acabarse de no oficiar el rito madre. En la superficie del agua acopiada en una bandeja, el sol y la luna se revelan, como en un cuarto oscuro de todas las épocas. Los originarios hacen suya la noche, enfrentan con éxito el trance oficiado. El México de un segundo plano vuelve por sus fueros. Siaris, Anguameas y Huitimeas aparecen, vierten todo el universo en un duelo apresado en el espejo de agua que todo lo resuelve a fuerza de conjuros del tiempo que conoce su momento de aflorar. La luna había escapado del sol, la música en jadeante final daba cuenta de ello. El eclipse de fines de los 60, para muchos, una efeméride X; para ellos, la noche de reaparecer a fuerza de entrañas pacientes que huelen cataclismos y telones descorridos en respuesta a un aire bizarro, único, proverbial. Antes de ser siquiera aire es sutil caricia vibrante hecha de ecos de tenábaris entre batamotes y palo verde arrullados por crecientes intempestivas.

Los oficiantes desaparecieron con la noche, como llegaron, en una oleada inesperada.   Al otro lado de las vías del ferrocarril, otros habitantes de la ciudad registraron lo ocurrido como sólo un evento más.

Detrás de su partida dejaron en algunos testigos de la escena un hambre insaciable, buscadora de letras, pintura, música, sonidos, pedacería de imaginación; habían sido inoculados con la maldición de tratar de recrear la luz, las sombras, la atmósfera de aquella noche en que el universo quedó alojado en una bandeja nodriza difusora de estelas de lo sagrado.

Maullidos

Las noches sonorizadas por maullidos de frustración eran señal evidente de la temporada de orear carne en un alambre atravesado en el patio. Mantenerla colgada, a buen resguardo de los gatos, ofrendada a los elementos, recibía como premio quedar a punto para machaca después de sus jornadas de proceso.

En el tiempo justo, la joven madre la descolgó, deshebró y preparó, acompañándola con tortillas de harina cacheteadas al amanecer. El amor permeado de aire, sol, luna, paciencia, se sentó a la mesa en un desayuno temprano. La mirada materna, fija en la aparente nada, taladraba dulcemente los velos del futuro, guardaba la certeza de que su amor era el cemento que pavimentaría cada centímetro del devenir. Décadas después, su ser quedó como luz fundida en otras miradas que a la mesa se sientan, fijas en la aparente nada.

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