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Causa de nuestra alegría

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

El camino de la alegría se presenta aparentemente fácil. Sin embargo es tanta la diversidad de ideas, visiones y medios sobre ella que la confusión y la incertidumbre aparecen apenas damos los primeros pasos. Ordinariamente usamos la palabra felicidad y no los sustantivos alegría, gozo, júbilo, bienaventuranza. Quizás porque nuestra búsqueda se queda en deseos inmediatos y placenteros; quizás pensamos y buscamos solamente su consumo personal. Los próximos días se multiplicarán los deseos de felicidad por medios antiguos y nuevos. Pero, ¿qué felicidad vamos a desear?

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El ambiente exterior de estas semanas es ambivalente. Por una parte, ofrece personajes, imágenes, luces, flores, cantos, desplazamientos, mensajes, regalos, encuentros, familia…; el mercado de la felicidad es muy basto. Por otra parte, una especial sensibilidad toca las fibras más hondas de nuestro ser y despierta lo que duerme durante meses: el amor concreto al prójimo pobre y nuestros mejores sentimientos hacia los menos favorecidos. Cuando esto nos mueve y abrimos los brazos al hermano necesitado experimentamos algo más que una felicidad efímera: un gozo profundo que nos llena de paz, confianza, esperanza. El fruto de la alegría aparece más allá de foquitos y esferas.

El tiempo litúrgico de Adviento-Navidad-Epifanía nos ofrece pistas y gracias para encontrar la alegría que anhelamos. Más allá de lo pasajero, nos abre al horizonte de la alegría plena y nos indica, anuncia y presenta quién es la fuente de la alegría. Pero necesitamos de una fe humilde, abierta al misterio, generosa, como la de María que canta “mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi Salvador”. Lo escuchamos y cantamos el 12 de diciembre.

Me impresiona la seguridad confiada de Juan el Bautista cuando acepta su identidad y cumple la misión de presentar al Salvador. “En medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen”, señala con claridad y convicción. Descubrir que Dios, fuente de nuestra alegría, ha entrado en la historia humana es el gran acontecimiento al que nos prepara el Adviento. Juan anuncia que si nos dejamos conducir por la fe –como los pastores y los magos- vamos a encontrar la alegría y la paz. Es la gran noticia de Navidad-Epifanía.

“En medio de ustedes…” El desplazamiento al interior de uno mismo y del misterio de la vida ordinaria se hace a través de las preguntas por lo esencial, por el prójimo-hermano, por el sentido de la vida, por el compromiso y las tareas solidarias a favor de la reconciliación, la paz y la justicia. Cuando nos dejamos fascinar por el Misterio aparece la verdadera alegría. ¡Con razón el acontecimiento de Navidad nos llega tan hondo!

Al encender la tercera vela (rosa) de la corona de Adviento, agradezcamos al mensajero que nos anuncia que nuestro Salvador está tan cerca como nosotros le dejamos que esté. La alegría puede ser activada si le dejamos habitar en nuestra casa e invitamos al prójimo a que se siente con nosotros en el banquete de la vida.

Con mi bendición y afecto jubiloso.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas.

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