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La Revolución Mexicana, ¿A Festejar?

Rafael Robles Flores

“Mi padre, al tomar la copa, me hablaba de Zapata y Villa, Soto y Gama y los Flores Magón. Y el mantel olía a pólvora. Yo me quedo callado: ¿de quién podría hablar?” Octavio Paz.

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Mis recuerdos de infancia sobre la Revolución Mexicana están relacionados con asistir  al desfile conmemorativo o participar en este acto vestido con algún uniforme deportivo.

Para los que nacimos en los últimos treinta años del siglo veinte las promesas de bienestar, crecimiento y desarrollo lanzadas en nombre  de la Revolución Mexicana, se transformaron en una serie de crisis económicas que asolaron al país en 1976, 1982, 1988, 1994 y todavía seguimos con un gris crecimiento económico.

A 107 años de su inicio, el mayor problema con la Revolución Mexicana es que no la conocemos. Es decir, hemos aprendido una historia mal contada porque partió de la interpretación a modo o se perdió en la justicia de la causa.

Para Macario Schettino (2008) la Revolución Mexicana no es un hecho histórico, sino una construcción cultural elaborada durante el Cardenismo para darle coherencia a todos los hechos suscitados entre 1908 y 1934, y para legitimar al naciente sistema político mexicano. Es una interpretación interesada de los eventos ocurridos a la salida de Porfirio Díaz, creada por los ganadores de la serie de guerras civiles que le siguieron, para dotarse de una legitimidad que de otra manera simplemente nunca hubieran tenido. Daniel Cosío Villegas (1947) aseguró que los protagonistas revolucionarios siempre estuvieron por debajo de las exigencias del movimiento de 1910, y que era urgente una depuración de personas y de principios.

Asimismo, distintos historiadores desde los años ochenta han criticado a la Revolución Mexicana. Entre ellos están Alan Knight, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín o Lorenzo Meyer. También hay historiadores mexicanos nacidos entre 1968 y 1971 como Carlos Azar, Tania Carreño, Carlos Silva, Sandra Molina o Julio Trujillo que han desmitificado a los caudillos y al fenómeno postrevolucionario en México.

Hoy a 107 años del inicio de la Revolución mexicana seguimos siendo una sociedad desigual y con mayoría de pobres. Somos un país con distintas realidades y contextos en el Sur, Centro o Norte. Seguimos siendo una nación con muchos privilegios para grupos sindicales, corporativos, empresariales o políticos que han sido arropados por el discurso revolucionario. Tenemos a una clase media que paga proporcionalmente más impuestos y hay pocas expectativas para mejorar la calidad de vida de indígenas, jóvenes o campesinos.

En 2017 no queda claro cuál es proyecto de nación para el futuro, a pesar de las últimas reformas estructurales,  y nos movemos sin claridad en el contexto global, mientras países con más deficiencias que México hace 50 años nos han superado enormemente como Corea del Sur, Finlandia, Singapur, China o Japón.

En 2017 tenemos que hablar de transformación más que de la Revolución. Urge transformar las instituciones mexicanas que fueron creadas en el siglo XX para responder a las necesidades de este siglo y se requiere dar más peso a los ciudadanos en las decisiones trascendentales para la sociedad mexicana. Hasta hoy los políticos que exaltan la Revolución Mexicana no han demostrado transparencia, rendición de cuentas ni resultados tangibles en la calidad de vida de los mexicanos. Con los discursos maravillosos en torno a la Revolución no lograremos grandes cambios hoy, lo que urgen son acciones que detonen la economía, el estado de derecho y la mejoría de la vida de los mexicanos. Usted, ¿qué piensa?

 

Twitter: @rafaelroblesf

El autor es director del Tecnológico de Monterrey Unidad Navojoa

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