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Celebración de muertos y de vivos

ACTITUDES

Celebración de muertos y de vivos

Rafael Robles Flores

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La primera situación que me hizo reflexionar sobre mi naturaleza mortal fue a los 11 años de edad cuando un amigo y compañero de escuela fue atropellado fatalmente mientras conducía su bicicleta rumbo a la secundaria. Me di cuenta que algún día falleceré y provocó en mí miedo e incertidumbre. Posteriormente he tenido diversas experiencias límite: A mi abuela paterna la atropelló un taxista alcoholizado y amanecido. Rafael, mi primer hijo, falleció a los dos años de edad por una afectación en el intestino. Mi mamá feneció en un accidente automovilístico. Y conforme han transcurrido los años de mi existencia se han adelantado familiares, seres queridos, amigos y conocidos.

Cada uno de nosotros hemos tomado conciencia  sobre la dimensión de la muerte a través de los decesos de familiares y amigos. De ahí que el día de muertos genera diversas emociones y sentimientos al conmemorar a nuestros fieles difuntos.

Uno empieza a pensar la vida cuando se da por muerto. Hablando por boca de Sócrates, Pla­tón dice que filosofar es “prepararse para morir”. Es precisamente la certeza de la muerte la que hace la vida algo tan mortalmente importante para nosotros. Todas las tareas y empeños de nuestra vida son formas de resistencia ante la muerte, que sabe­mos ineluctable. Es la conciencia de la muerte la que con­vierte la vida en un asunto muy serio para cada uno, algo que debe pensarse. Algo misterioso y tremendo, una espe­cie de milagro precioso por el que debemos luchar, a favor del cual tenemos que esforzarnos y reflexionar. Si la muerte no existiera habría mucho que ver y mucho tiempo para ver­lo pero muy poco que hacer (casi todo lo hacemos para evitar morir) y nada en que pensar.

En el fondo, la muerte sigue siendo lo más desconocido. Sabe­mos cuándo alguien está muerto pero ignoramos qué es morirse visto desde dentro. Creo saber más o menos lo que es morirse, pero no lo que es morirme. Sin embargo, el dato más evidente acerca de la muerte es que suele producir dolor cuando se trata de la muerte aje­na pero sobre todo que causa miedo cuando pensamos en la muerte propia. Algunos temen que después de la muer­te haya algo terrible, castigos, cualquier amenaza desco­nocida; otros, que no haya nada y esa nada les resulta lo más aterrador de todo. Aunque ser algo no carezca de incomodidades y sufrimientos, no ser nada parece todavía mucho peor.

De modo que la muerte nos hace pensar, nos convier­te a la fuerza en pensadores, en seres pensantes, pero a pesar de todo seguimos sin saber qué pensar de la muer­te. Nuestra recién inaugurada vocación de pen­sar se estrella contra la muerte, no sabe por dónde entrarle.

Así que la muerte sirve para hacernos pensar, pero no sobre la muerte sino sobre la vida. Más allá de cerrar los ojos para no verla o dejar­nos cegar estremecedoramente por la muerte, se nos ofre­ce la alternativa mortal de intentar comprender la vida.

Conmemorar a nuestros fieles difuntos es oportunidad de reunión familiar, de reflexionar sobre el sentido de sus vidas en la nuestra, de aprender sobre su recorrido en la Tierra y posiblemente aplicar lo mejor de ellos en nuestro devenir. Conmemorar a nuestros difuntos es conmemorar la vida misma. Usted, ¿qué piensa?

Twitter: @rafaelroblesf

El autor es director del Tec de Monterrey Unidad Navojoa

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