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Temblores septembrinos

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Temblores septembrinos

Luis Rey Ballesteros

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Septiembre, el llamado mes de la mexicanidad, en las últimas tres décadas se ha vestido periódicamente de luto.

El gran terremoto de septiembre de 1985 ha sido el que ha ocasionado más daños en toda la historia de nuestro país, con una cifra oficial cercana a los 10,000 decesos. El gobierno federal y el de la Ciudad de México, entonces encabezados ambos por el PRI, actuaron con lentitud en sus esfuerzos de rescate y ayuda. Cuando reaccionaron, la sociedad civil ya se había hecho cargo de las tareas de rescate de víctimas entre los escombros, en una gigantesca coordinación prácticamente espontánea, producto de una gran solidaridad. El sismo desnudó la corrupción e ineficacia imperantes, así como los reflejos lentos de un poder absoluto, acostumbrado a no dialogar ni rendir cuentas; eran tiempos del partido de Estado.En el proceso, la participación conjunta permitió a la ciudadanía tomar conciencia de su propia fuerza y capacidades organizativas.

En ese marco ocurrió el nacimiento de organizaciones populares que habrían de probar su eficacia como fuerza política de apoyo para el futuro PRD, fundado en 1989. Un año antes, en 1988, estas organizaciones, así como los votantes de la capital en general habían hecho sentir su músculo al asestarle al PRI la primera derrota electoral ahí, dando su apoyo al naciente Frente Democrático Nacional encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas. En 1997, la izquierda, representada por el PRD, habría de ganar las elecciones para jefe de gobierno en la persona de este último personaje.

Tres décadas después,el 7 y 19 de septiembre de 2017, en una inusual manifestación de la naturaleza, dos fuertes sismos ocurridos en menos de dos semanas afectaron sensiblemente a los estados de Chiapas, Tabasco y Oaxaca, primero; luego a la Ciudad de México y los estados de Puebla y Morelos. Los estragos tan costosos en términos de vidas y daños a propiedades han atestiguado una vez más la participación de la sociedad civil, pero ahora esa solidaridad ha aparecido acompañada de un sentido inclusive más crítico que en 1985. Un gran sector de jóvenes, conocidos como millennials, se ha empoderado, actuando como protagonista fundamentalen las labores de organización y rescate. Su aparente desinterés por la cosa pública ha desaparecido, ahora buscan ser artífices de cambios que habrán de estremecer al país para bien. Buscan reformar estructuras políticas y de gobierno, las sienten anquilosadas, no les inspiran confianza, por lo que incidirán en ellas. Hoy, a diferencia de 1985, los daños patrimoniales y de infraestructura, además de las lamentables pérdidas de vidas, ocurren en una mayor superficie del país y demandan medidas de más amplio alcance.

No deja de ser paradójico que en julio pasado se haya abierto un socavón en el recién inaugurado paso exprés de Cuernavaca, cobrando la vida de dos personas que cayeron en él. La explicación de esto obedece en parte a lo mismo: corrupción, insuficiente vigilancia en la calidad de las obras y permisividad de las autoridades correspondientes ante grupos privados con los que mantienen una relación que en algunos casos raya en la franca connivencia. Eso no lo han podido ocultar las instancias de gobierno, a pesar de sus intentospor efectuar un control político de daños. El socavón morelense y los edificios colapsados o dañados hasta ser inhabitablespor no cumplir con las normas de construcción, más el costo en vidas y sufrimiento, son polvos de los mismos lodos.

Es tan grande la indignación y hartazgo que los políticos y sus partidos han tenido que acusar recibo y tratar de adecuarse al escenario inédito. Saben que esta vez la sociedad civil, con la incorporación del sector de jóvenes que busca incidir en la vida política, los tiene más que nunca sujetos a escrutinio, con muy poco margen de paciencia. Eso explica la sorpresiva disposición de los dirigentes partidistas a considerar la entrega de parte de sus presupuestos de operación para destinarlo a la reconstrucción y al apoyo de los damnificados por los sismos.

Recordemos que en este grupo de edad se ubican quienes en el 2012 formaron el movimiento #Yosoy132. Su inicio se dio en el campus de la Universidad Iberoamericana en el 2012, a raíz de la visita a esa universidad por parte del entonces candidato priista a la presidencia de la República, Enrique Peña Nieto. Ahí fue blanco de reclamos por su responsabilidad como gobernador del Estado de Méxicoen la represión de Atenco. Es dable pensar en el siguiente escenario: que los jóvenes, junto con el resto de la población, incluyan en un solo paquete la exigencia de soluciones y deslinde de responsabilidades por los sismos, pero también por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, ocurrida, una vez más, en septiembre de hace 3 años.

Por lo demás, este grupo de edad es difícil de controlar mediáticamente, se informa por vías alternas a la televisión, tiene contacto con sus pares del mundo y sabe usar las tecnologías de la comunicación e información, sus mejores herramientas de organización y activismo en un entorno de inmediatez. A menudo se les ha calificado como antisistémicos. Su voto podría definir la elección presidencial del 2018 y la renovación del Congreso.

En resumen, si el resultado de lo anterior es que la ciudadanía abandere el tema de exigir la rendición de cuentas por parte de los servidores públicos, senadores y diputados, dando puntual seguimiento al tema del combate a la corrupción, México habrá de experimentar un cambio positivo de dimensiones imprevisibles, con repercusiones en otras áreas.

ENLACE DE GENERACIONES

Puño en alto, señal de “silencio absoluto”  para percibir algún ruido indicador de vida. Parte de los códigos que se van desarrollando. Así transcurre la vida en las zonas de acopio junto a edificios colapsados.

Vivir dos sismos en la Ciudad de México; participar en ellos junto a los demás en labores posteriores, hace contrastar épocas. Hay un común denominador: se trata de todos, pero principalmente de los jóvenes, la savia primero restauradora, luego transformadora.

Es avasallador su número,  brotan de todas partes, con todo lo imaginable en sus manos. Lo mismo traen baldes que gasas, picos, palas, comida, etc. Se transportan en motocicletas, bicicletas, carros, patinetas, a pie, como sea.

Es su bautizo de fuego ante lo que antes a veces parecía una impavidez,  hasta indiferencia hacia su país. Era puro maquillaje, en estos días se deslavó a fuerza de temblores.  México es profundo, transgeneracional, más que un sentimiento, más que una sucesión de símbolos o palabras, es pura alma.

Entre muchas de las escenas, hay una que me conmovió muy a fondo. Pasaba una cuadrilla de trabajadores  de la Delegación Benito Juárez, seguramente jardineros y de áreas de mantenimiento, habilitados para labores de limpieza de escombros por la emergencia. Su edad promedio debió andar en los 40-45. A su paso, apareció una pareja de jóvenes en una moto de apariencia cara. Se notaba que habían invertido una buena cantidad en su adquisición. Su ropa indicaba lo mismo. Los motociclistas  (hombre y mujer) se quitaron el casco y les gritaron a los del camión de redilas: “¿Banda, ya comieron?” — “No, carnalitos”. “Pues ahí les va” – dijo la chica, mientras sacaba de su mochila un montón de sándwiches. Dos lenguajes, un mismo país, un gesto de agradecimiento colectivo, dos rostros de satisfacción muy honda.

De nuevo, el enlace entre generaciones y la gran solidaridad de nuestro México se hace presente en miles de gestos como este. ¡Viva México!

“Tomado de Contraportada, Guaymas”

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