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El propietario y los ‘Dueños’

Mons. Sigifredo Noriega Barceló

No hay padre-madre de familia que no espere bien de sus hijos. Lo hemos visto, escuchado, admirado y agradecido. La preocupación permanente por su educación y formación es una constante en las personas que generan vida y la acompañan hasta la edad de la madurez. Después, a esperar que lo sembrado y cultivado den frutos. Y los frutos, todos los frutos son para los demás. El dicho de la sabiduría popular es contundente: nadie sabe para quién trabaja. Mejor dicho sí sabemos: somos y nos debemos al prójimo. La persona crece como persona cuando se da a los demás.

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En el plan de salvación de Dios todo estaba preparado para que la viña diera frutos (primera lectura). El propietario (Dios), como el mejor de los padres-madres, trabajó con amoroso cuidado: removió la tierra, quitó las piedras, escogió las mejores vides, edificó una torre de vigilancia, excavó un lagar… Luego lo confió/alquiló/arrendó a unos trabajadores y se fue de viaje. Al llegar el tiempo de la cosecha/vendimia el propietario mandó a sus empleados a recoger los frutos, pero… En lugar de ello encontró violencia, destrucción, muerte. Los trabajadores se creyeron los dueños e hicieron lo que quisieron. Ni siquiera respetaron al hijo del propietario. Cuando se pierde la relación con Dios Padre ya nada importa.

La parábola que escuchamos este domingo mueve tapetes en nuestras responsabilidades como padres e hijos, como discípulos y pastores. Ser convocados para trabajar en la viña del Señor no nos da ningún derecho a creer que la viña es nuestra, que podemos hacer con los demás lo que nos dé la gana. Todo intento de apropiación (aplica también a la Iglesia), de creerse ‘los dueños’ de vidas-conciencias-haciendas, de ‘ocupar el lugar de Dios’ en aquello que Dios nos ha confiado, es un atentado contra el mismo Dios y contra personas, familias y comunidades. Es entrar en la parábola como quienes matan a los enviados, al hijo… a quien se ponga enfrente.

La emergencia humanitaria ocasionada por los recientes sismos e inundaciones sigue en otras fases. Nuestro compromiso de presencia, apoyo y acompañamiento debe continuar. Si somos buenos hijos –hijos logrados, decimos en la sierra de Sonora- tendremos la sensibilidad y la actitud de hacernos hermanos cercanos, solidarios, cariñosos. Recordemos que los frutos esperados son a favor de los que sufren cualquier tipo de inclemencia. Sí sabemos para quienes trabajamos.

El único propietario de la viña es Dios; su solicitud y amor por sus hijos están fuera de duda. Nuestra respuesta de hijos tiene que verse en la reconstrucción afectiva y efectiva de la esperanza, la paz, la fraternidad, la justica, la confianza. Hacer lo contrario sería querer convertirnos en dueños de lo que no es nuestro. Sabemos bien en qué termina la avaricia. Ojalá seamos trabajadores que se sienten y obran como ‘siervos’ que reconocen a su Padre Dios y a sus hijos. El Señor no nos abandonará. Entonces se verá en todos los rostros que la esperanza no defrauda.

Con mi afecto y bendición.

Originario de Granados, Sonora.

Obispo de/en Zacatecas

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