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Buenas y malas razones para ser presidente

El problema de Margarita Zavala es que sigue perteneciendo al calderonismo

CIUDAD DE MÉXICO, oct. 12.- Yo no tendría objeción a la candidatura de Margarita Zavala a la presidencia de México si al menos ella supiera para qué quiere regresar a Los Pinos. En más de una ocasión ha dicho que ella no es su marido, Felipe Calderón, quien gobernó al país de 2006 a 2012. Pero tampoco queda claro cuál es la diferencia entre ambos tras casi 30 años de operar como una mancuerna política.

El problema de Zavala es que sigue perteneciendo al calderonismo, un grupo político que, para decirlo rápido, resultó un fracaso al llegar al poder. Hace unos días, ella concedió una entrevista a este diario en la cual aseguraba que había que dejar atrás al PRI de una vez por todas. Curiosa y desmemoriada expresión de su parte, considerando que fue el Gobierno de su marido el que entregó el poder al PRI, tras una deslucida e impotente gestión.

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No se trata de anular políticamente a una persona simplemente por ser consorte de alguien. Se trata de que Margarita forma parte de un grupo político que ya estuvo en control de la nave y tiene muy poco que presumir. Sería muy distinto que ella estuviese haciendo campaña a partir de un claro deslinde de todo aquello que no funcionó en el equipo que ahora la apoya. Ni siquiera es que estemos a la vista de un desgajamiento del grupo: son los senadores calderonistas, los exsecretarios de Estado de su marido, quienes la apoyan. O la senadora María Luisa Cocoa Calderón, quien renunció al PAN, tras 41 años de militancia, en solidaridad con su cuñada.

En efecto, no se puede valorar políticamente a una mujer (o a un hombre) por los actos de su consorte, salvo que, como en este caso, se trate de una mujer cuyo poder deriva del apoyo que le ofrece el grupo en el que su marido funge como jefe político. Y en esto no hay misoginia. Exactamente lo mismo podría decirse de un hermano o un hijo apadrinado por la fuerza política del pariente.

Como primera dama, Margarita Zavala construyó una imagen positiva gracias a su presencia discreta y sobria, luego de los protagonismos y excesos de su predecesora, Martha Sahagún. Felipe Calderón mismo fue un presidente relativamente austero y debe agradecérsele que, a diferencia de muchos de sus antecesores, no consideró el patrimonio público un botín personal y de sus amigos.

Las deficiencias de la administración calderonista están en otro lado. Ganó la presidencia mediante la elección más polémica en la historia de México (una diferencia de medio punto porcentual) y entre acusaciones de fraude electoral. En tales condiciones, juzgó que su prioridad era fortalecer su liderazgo y a eso dedicó el resto del sexenio. Alguna vez le pregunté por qué no había profundizado las reformas democráticas para hacer irreversible el fortalecimiento institucional, y respondió que primero tenía que afianzarse en la silla presidencial. Para conseguirlo terminó siendo un remedo de los priistas, pero sin el oficio ni el equipo para conseguirlo. Su gabinete, dominado por jóvenes leales e inexpertos, fue una clara muestra de sus desconfianzas y su cerrazón. La guerra contra el narcotráfico para legitimarse, el debilitamiento de las instituciones democráticas en su afán de ampliar el margen de maniobra presidencial, el encumbramiento de la partidocracia que él favoreció al sentirse dueño del PAN, magros resultados económicos y poca eficiencia administrativa provocaron el fin de la alternancia y el regreso del PRI.

Nada de eso aborda Margarita Zavala. No compite para volver a ser primera dama, ahora quiere ser cabeza de la república. Pero lo hace con las mismas herramientas y la misma plataforma con la que gobernó el jefe político de la fracción que arropa su candidatura. La verdadera defensa de Margarita Zavala a esta acusación no es contraatacar argumentando discriminación de género, como lo ha hecho hasta ahora, sino explicando qué es lo que haría diferente del Gobierno del que formó parte y fracasó hace apenas seis años. Sin ese deslinde, parecería que quiere ser presidenta simplemente para volver a vivir en Los Pinos.

elpais.com

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